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A mis compañeros y compañeras que se jubilan
Con el cariño de quien sabe que nada vuelve, pero todo queda
Hace cincuenta años compartíamos ilusiones, sensaciones, nervios antes de un examen, risas en el patio y la ilusión de que el futuro era una promesa sin fecha de caducidad. Hoy, algunos de vosotros cerráis etapas. Otros ya lo hicieron. Y cada vez menos, lo haremos pronto. A todos nos llega, tarde o temprano, ese momento en que el reloj y el calendario dejan de mandar y se convierten compañeros de viaje.
Quería dedicar un detalle a todas y todos vosotros, especialmente a Antonia Rebollo, que se jubila también hoy, para que quede en el blog. Encontré en Wisława Szymborska —esa poeta polaca que sabía ver lo extraordinario en lo cotidiano— las palabras muy cercanas a lo que siento: que nada se repite, que todo es único y que eso, lejos de entristecernos, es razón suficiente para celebrarlo.
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Nada dos veces
Wislawa Szymborska
Nada ocurre dos veces
ni ocurrirá. Por eso,
nacemos sin experiencia,
morimos sin rutina.
Aunque fuéramos los alumnos
más torpes de la escuela del mundo,
no repetiremos un verano,
ni un invierno, ni un curso.
Ningún día se repite,
no hay dos noches iguales,
dos besos idénticos,
dos miradas que se miren del mismo modo.
Ayer, cuando alguien pronunció
tu nombre en mi presencia,
sentí como si una rosa
cayera por la ventana abierta.
Hoy, que estamos juntos,
vuelvo la cara hacia la pared.
¿Una rosa? ¿Cómo es una rosa?
¿Es una flor o una piedra?
¿Por qué tú, mala hora,
te dejas ver con un miedo innecesario?
Eres, luego tienes que pasar.
Pasas, por tanto eres hermosa.
Sonrientes, abrazados,
intentaremos buscar la concordia,
aunque seamos tan diferentes
como dos gotas de agua limpia.
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Tres ideas que el poema nos regala
1. La vida no tiene ensayos generales
Nacemos sin experiencia y morimos sin rutina. Cada día, cada error y cada acierto ocurren por primera y última vez. No hay espacio para aburrirse de vivir porque no hay "rutina" real posible: cada segundo es completamente nuevo. Incluso la jubilación, que parece un final, es un amanecer que no se repetirá.
2. El cambio constante de los sentimientos
La rosa que ayer caía por la ventana, hoy puede parecer una piedra. Szymborska no nos pide que nos alarmemos. Nos invita a aceptar que el amor, la amistad, la cercanía también mutan. Hay días de distancia y días de abrazo. Y ambos son auténticos. Ambos son irrepetibles.
3. El valor de lo efímero
"Eres, luego tienes que pasar. Pasas, por tanto eres hermosa." Esta es la lección más luminosa. Las cosas son hermosas precisamente porque no duran para siempre. Si un momento fuera eterno, perdería su magia. El valor de un beso, de un verano, de una mirada —o de una tarde de instituto que hoy recordamos— radica en que fueron únicos. Y lo fueron.
Así que aquí estamos, compañeras y compañeros, chiconas y chicones. Tan iguales y diferentes como dos gotas de agua limpia. Tan diferentes porque si miras de cerca cada gota cambia de forma, refleja la luz de otra manera, se mueve distinta. Cada uno de vosotros es un universo irrepetible.
Sonrientes, abrazados, intentemos buscar el valor de lo que nos rodea. El tiempo va a pasar de todos modos. Lo más inteligente y hermoso que podemos hacer es saborear el milagro de cada instante único. Y si este instante es un reencuentro, una llamada, un mensaje que cruzamos ahora —bienvenido sea.
Que nuestra jubilación no sea un epílogo, sino un verso nuevo. Que nada se repita, y que todo se sienta como primera vez.
Con el afecto de siempre
— Para todos los que compartimos vida—
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