A D. Ricardo MIRÓN vaillo
En el espíritu de Antonio Machado
Hay maestros que no enseñan lecciones, sino que encienden luces. Maestros cuya sola presencia en el umbral del aula disipaba el miedo de quienes llegaban temblando, todavía niños, al laberinto de los primeros días. Don Ricardo fue uno de ellos. Y hoy, a cincuenta años de aquella tarde de primero, el recuerdo de sus ojos verdes y su sonrisa de fresa sigue siendo una llave que abre puertas.
Recuerdo aquella tarde de primero,
el laberinto de la incertidumbre,
el corazón temblando en el sendero,
mezcla de libertad y de penumbre.
Mas al entrar al aula, Don Ricardo,
su luz de ojos verdes nos calmaba.
Se deshacía el miedo como el nardo,
mientras su tierna voz nos cobijaba.
Con su sonrisa de fresa, fresca y pura,
el rudo espino se volvía suave.
Ya no había timidez ni desventura:
estar con él era encontrar la llave.
Maestro que embelesas y fascinas,
tu huella en el recuerdo sigue viva;
donde tú estás se borran las espinas,
y el alma asustada al fin florece y vuela arriba.
Los maestros que nos enseñaron a no tener miedo son los que más tiempo habitan en nosotros. Don Ricardo sigue en ese umbral, con sus ojos verdes y su sonrisa de fresa, esperando a quienes todavía llegan temblando.
Que este soneto sea una llave devuelta a quien nos la prestó.
Con admiración,
— Rosa M. —
Rosa María González · Prompt engineer · Maquetador/Diseñador web
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