EUROMED 2000
«Porque se trata de usted.» La patrona le subió la cena a la habitación. A Julio le han cerrado el comedor. El último galeno que visitó fue el culpable: no le recibió hasta que no acabó con todos los pacientes. Las doce campanadas le dan en la cama.
A las ocho ya está levantado. Lleva despierto desde las seis. Cinco horas de sueño le bastan. Hace tiempo releyendo el diario de ayer: en mañana tan señalada como la del primero de año, los bares abren más tarde de lo habitual. A pesar de que es fumador empedernido no suele encender el primer cigarrillo si antes no se hace un americano, como ahora llaman al café largo y aguado.
A las once está en la calle en busca de café y periódico. Después seguirá a la estación; no tiene prisa: habrá varios trenes para Barcelona. Porque Julio es visitador médico, y la tarde de san Silvestre le ha cogido a más de trescientos kilómetros de la familia.
Quinientos metros recorridos y no da con ningún bar ni quiosco abiertos. Se lo toma con calma. Cruza la Gran Vía con el semáforo en rojo, inconcebible en cualquier otra fecha. Un bus se detiene a su altura. El busto de una bella modelo que luce un wondebra y ocupa todo el lateral del vehículo atrae su atención, desviada al instante hacia el ramo de margaritas que lleva la señora de una pareja de la tercera edad que acaba de apearse. Y comienza…
Como todos los primeros de año, la hija los habrá invitado a comer. Llaman a la puerta, y en lugar del consabido beso y el feliz año mamá feliz año papá reciben un vehemente rapapolvo —«Mamá vaya una tempranera que habéis cogido nos hemos acostado hace un rato»— de su niña en pijama, desgreñada, ojerosa y con lengua de corcho por toda una noche de copas, fumatas y esnifatas. La mamá, como si la admonición de bienvenida no fuera con ella, pasa, se quita el abrigo y lo deja en el respaldo de una silla. Mientras tanto su pequeña corre al cuarto de baño con las manos en la boca, en un intento por contener los canapés, alcoholes y hasta las doce uvas que contra su voluntad pugnan por manifestarse.
Ceniceros desbordados de colillas, cajetillas de cigarrillos descuajaringadas, boquillas manufacturadas con la cartulina de las mismas junto a un librito de papel de fumar; canapés y empanadillas medio comidos y restos de tarta; todo ello entremezclado con gorritos de papel, narices postizas, serpentinas; y cascos de botellas, y vasos, y copas, y platos: la vajilla al completo, incluida la de duralex, la que nos da resistimos a tirar a la basura. Para la buena señora el salón supera con creces la guarrada de jardín, delante de su apartamento, que vienen dejando la mañana del domingo las pandillas de jovenzuelos del botellón. El recinto huele a tabaco y a algo que ella no sabe precisar.
Comienza por arreglar el ramo de flores en un búcaro; después abre los ventanales: pretende defenestrar las miasmas de la francachela de fin de año que ha tenido lugar allí. Cuando acaba, se recompone la permanente y se dirige a la habitación de las nietas, de ocho y diez años. Duermen como benditas. Cierra la puerta con sigilo, y recibe la segunda regañina del milenio —«¡No te he dicho que era muy temprano para venir! ¡Mira que te gusta meter las narices donde no debes!»— esta vez de la boca de don Marcial, el cual nada más llegar ha dejado caer sus setenta nochesviejas en el hueco del Roche Bobois a salvo de los despojos de la juerga. Y la señora Prudencia lo mira callada el tiempo que dura el sermón y, acto seguido, le da la espalda para ir a la cocina en busca de un delantal. Vaya un caos qué hijos hasta un billete gordo hecho un rollito se han dejado y qué raro un espejito con un pequeño caballón de azúcar glas. Lo prueba, y sale disparada a escupir al cubo de la basura...
Un impulso irreprimible lleva a Julio de continuo a fabular historias. Como los grandes narradores decimonónicos, toma notas minuciosas del natural. A veces suele conversar con los personajes que va creando: les anima a perseverar en su actitud o les afea su proceder, y en voz alta, como hacían aquellos espectadores del cine de su pueblo que espontáneamente se dirigían a los héroes de la pantalla. Muchas veces, en mitad de la trama, se hace algún que otro reproche, que no tarda en olvidar, por eso de escaparse de la realidad. En ocasiones concibe una tras otra dos o más variantes de una misma historia, que redacta mentalmente de corrido y que, por lo general, deja inconclusas.
O tal vez las flores sean para la hija a la que el Hado siniestro no permitió tener descendencia la misma que duerme en una parcela del idílico Parque de la Paz tras haber pasado el cinerario una larga temporada en el fondo del arca...
«¡No sigas, Julio, no sigas! —dice a su alter ego— Ya te has enfrascado en una historia triste. Y no es conveniente empezar todo un milenio con historias tristes, sobre todo después de como lo has acabado.»
Bares y quioscos cerrados. «¿No has caído en la cuenta —prosigue para sí— de que el primero de año es la única fecha en que se nos priva de noticias, de café, y puede que hasta de transporte?» Y hablando de transporte: ahora cae en que le urge sacar el billete. Aprieta el paso.
Ya tiene a la vista una de las torres coronada de chillones verdes de los naranjos con los frutos maduros, pero antes de que el conjunto modernista de la Estación del Norte se le muestre en su totalidad, le llega del recinto de entrada una nostálgica zampoña peruana: un grupo de cuatro atahualpas interpreta un desganado El cóndor pasa para ellos y para un chucho callejero que se les ha asociado. La desmayada melodía es momentáneamente acallada por el zumbido de un cóndor metálico que acaba de despegar de Manises y va ganando altura. Se detiene y levanta la cabeza. Seguro que en la panza lleva más de un centenar de resacosos... —estima como reflexión introductoria de una nueva narración, presumiblemente del color de las anteriores.
Ya en el interior de la estación, se encuentra con algo tan infrecuente como el menguado tráfico rodado y peatonal que ha encontrado desde que salió de la pensión: tan sólo una docena de viajeros esperan delante de las ventanillas. No tiene que hacer cola ni cinco minutos. Las dos de la tarde. Su tren sale a las dos cincuenta y cinco. Le sobra tiempo para procurarse algún condumio, que prefiere adquirir en un bar fuera de la estación.
La suerte le acompaña esta vez: enfrente mismo de la entrada lateral ve uno abierto. Puede tomar el dichoso café, ¡tibio! (el camarero acaba de enchufar la cafetera) y un suizo, tras el que se echa el primer cigarrillo del día al lado del único parroquiano además de él: un vagamundo, piensa, (vagamundo le suena mejor que vagabundo, es como más literario.) El vagamundo espera a que el camarero acabe de prepararle un bocadillo; la bebida la lleva puesta: medio tetrabrik Tío de la Bota le asoma por el descolgado bolsillo del abrigo, prenda con visos de haber sido un pura raza de Cortefiel, pero también de haber pasado más de una noche en algún contenedor de basura. Sobre la barra, expuestas a las miasmas de la clientela por llegar, aguardan tres tipos de tortilla: la clásica de patatas («Tiene pinta de reseca»), de chorizo («¡Ni pensarlo!»), y de ajos tiernos. «De ésta —apunta con el índice. Y envuélvamela.» El mozo corta una porción y la embute con el dedo en el costado abierto del panecillo. Julio pone cara de asco para sus adentros. «Se lo voy a calentar. Estará mejor» —decide el camarero sin previa consulta. «Sí, hombre, así vas a conseguir hacer tragable ese chusco de dos o más días. Y qué uñas llevas, jodido. Coño, la he hecho buena con salir de la estación —le responde sin palabras. La cerveza me la compro en el tren.»
De vuelta, todavía dispone de unos minutos, que emplea en estudiarse el panel electrónico de arrivades y eixides. («Efectivamente, hoy han suprimido algunos servicios») y en una llamada a la familia («Negativo. Como siempre, Teresa y las niñas en casa de mi cuñada.»)
«Euromed procedente de Alicante con destino a Barcelona está haciendo su entrada por vía dos.»
Coge del suelo el equipaje y se dirige billete en mano a la mesa de azafatas. «El suyo es el quinto, clase turista. Buen viaje» —le indica con sonrisa la chica.
El coche va casi vacío. Puede por tanto elegir asiento: no le gusta viajar de espaldas al sentido de la marcha del tren. Se decide por el de cuatro plazas, con mesa y lamparita de tulipa junto a la ventanilla. Deja sobre la mesa bocadillo, gafas, bloc de notas y una novela. Sube el resto del equipaje al estante. Pasillo por medio, una pareja bien entrada en la llamada tercera edad, con niña como Marta, su primogénita, de ocho años.
«Grandes Líneas de Renfe les da la bienvenida. El trayecto a Barcelona viene a durar unas tres horas. Durante este tiempo podrán ver si lo desean el documental Los samurais seguido del largometraje Independence day. Les deseamos un feliz viaje.»
El tren comienza a coger velocidad nada más dejar la ciudad. Dos mochileros, americanos seguramente por el inglés a boca llena que chamullan, recorren de medio lado el pasillo. Se sientan al fondo, detrás de un cabeza rapada y una pareja de jovenzuelos. Su vecina saca de una bolsa de supermercado una botella de agua, un bote de cerveza y unos bocadillos cuidadosamente envueltos en papel transparente. A él no le apetece todavía el de tortilla de ajos. Escucha la conversación, aunque para ser exactos habría que decir los exabruptos del consorte al solícito ofrecimiento de la señora.
—Lo quieres de jamón o de queso.
—De lo que sea, pero date prisa —responde su señor esposo, al tiempo que tira de la anilla del bote como si la de una granada de mano se tratase, que hace que la espuma cubra la tapa, la desborde, le resbale entre los dedos y vaya a parar «¡Coño, cago en la leche!» justo a la bragueta.
Mientras se sacude el pantalón e intenta secarse con un kleenex encima de otro, don José Guerra pone a su mujer un gesto colérico, como si ella fuese la responsable por distraerlo cuando realizaba tan delicada operación o, quien sabe, por apartarlo de algún pensamiento trascendental. Y la señora, como si no fuese con ella, se dirige a la nieta: «Toma, nena» —y le coloca a la nena un bocadillo delante. La nena alarga la mano y lo coge, pero sin quitar la vista del Game Boy.
Julio comienza con sus apuntes: “Pareja de entre 70 y 75 años con niña (¿será nieta?) De la parte de Almería, por el acento. Padres de emigrantes, charnega de verdad la pequeña. Los hijos han pasado la Nochebuena en el pueblo... ” Una voz joven, pero cascada, le interrumpe las notas. Proviene del cabeza rapada del fondo.
—No veas lo que es chuparse diez años de talego. Vaya un marrón. Y ahora a vivir.
—Bueno, tío, tú tranqui, y a vivir —asiente la chica que tiene en frente.
—Eso, a vivir, tío —tercia el acompañante y presunto novio de la muchacha.
—Voy a ver a mi hermanico. Le diré nada más llegar: ¡Oye, tío, saca una litrona! Y pásame un peta, no como los del maco, sino asín de gordo. Y me lo fumaré yo solo, así, allí mismo. Te digo que no me como ni un marrón más: el maco no lo piso yo ni loco, antes me quito la vida. Y también te digo, tío, no quiero líos con los picoletos, que me tienen manía. Mira, ayer nada más darme la suelta voy y cojo un autobús. Delante mía iba una chavala de impresión y un picoleto, de paisano, ¿sabes? Lo conocía bien, curraba en la trena. Y el mu joputa va y le echa mano al culo a la chavala. Yo me dieron ganas de rajarlo allí mismo, de quitarle la vida, tío. Pero la chavala, de puta madre: se volvió y le dio un hostión asín, en los morros, que to el autobús se volvió a mirar. Pero yo todo el tiempo, chitón. Ya te digo, tío, no quiero líos con la pasma. (Saca un cuello de avestruz y hace un barrido por encima de las cabezas de sus interlocutores.) «Oye, tío, pásame un pito. Voy a hacer un canuto.» —les pide con desenfado tras la rápida inspección ocular.
Sus gestos y voz estentórea han conseguido que los americanos hagan mutis a otro vagón, y que la chiquilla ponga las orejas como liebre en alerta y abra los ojos más que mochuelo ante ratón que asoma el hocico por la boca de la hura, como diría el visitador para decir que el lenguaje y los gestos del rapado han logrado apartarla por un momento de la Game; y que la abuela cuchichee a la nieta algo al oído, que don José la intercepte con un siseo recriminatorio («¡Tú no digas nada. Deja al mundo correr!») quizás, o no tan quizás, por miedo a que al fulano le pase por la cabeza que están hablando de él, deje su asiento y vaya a meterse con ellos; y que Julio vuelva la cara al creer encontrarse con los clisos del macarra (como éste diría para nombrar los ojos), hacia un paisaje que discurre por la ventanilla del tren a doscientos por hora: la huerta de Nules, comienzos de La Plana, una estera verde de parcelas urdidas por ringleras de naranjos en sentido vertical o paralelo a la vía del tren, sobre fondo de sierras violáceas por la atardecida.
«Esta campiña sí te coloca sin necesidad de fumarte un canuto "asín de gordo." Te borra de la cabeza las nocheviejas en la soledad de una fonda que aún conserva el olor a coliflor de las pensiones de cuando era estudiante hace mil años el piso de sesenta metros las trifulcas cada vez más frecuentes con la mujer el accidente que me ha dejado hace dos semanas sin mi herramienta de trabajo mi erre veintiuno la mierda de sueldo que me ha permitido ir tirando pero también me ha impedido mandar al carajo lo de visitador debería haberme enfrascado de nuevo en las oposiciones.»
Porque él, aunque se gane la vida vendiendo supositorios, es licenciado en letras, y escritor diletante.
El estómago le dice que hace buen rato que café y bollito han pasado a formar parte de su estructura celular. Se trae una cerveza del bar. El vagón está en silencio: el ex cautivo se habrá fumado el canuto, pasándolo a sus colegas. Parecen dormidos. El abuelo también echa una cabezada. La abuela mira a la nieta: sigue embobada en la pantalla del dichoso juguetito. «No quiero ver a mis hijas con un chismes de esos en las manos.» Comienza a comer, y el documental en el monitor.
«A principios del periodo feudal, en el siglo XII, se conocía como samurai al seguidor de un shogún...»
Deja el bocadillo y apunta «sogún» para posterior consulta. Le han enganchado las primeras imágenes, que intenta plasmar en un esbozo de descripción: «Torrenteras de montaña discurriendo hacía un valle selvático entre la niebla. No, no es exactamente una niebla densa, no. Mejor, jirones de niebla, o retazos de niebla, o bandas de niebla. No, peor aún. Mira, torrenteras discurriendo entre "cendales flotantes de bruma", como dice el poeta». El paisaje virtual, que ha conseguido apartarlo del real y del bocadillo, le lleva a un pretérito que poco tiene que ver con el tema de los samurais. «¡No tengo ni puñetera idea del Extremo Oriente!» Recuerda que sería el último curso de carrera, cuando acostumbraba a darse una vuelta de vez en cuando por una librería de viejo. Un día encontró en ella una historia de China. La compró, más que nada por aquello de la revolución de Mao, pero no la llegó a abrir. Los únicos conocimientos de historia medieval del Japón se los debía a dos películas de Kurosawa.
«Igual que las reglas de las órdenes de caballería, el código bushido se basaba en virtudes tales como la frugalidad, la perseverancia, el coraje, la cortesía...»
Se siente atraído por dicho código. Apunta «busido.» Ha podido coger literalmente las primeras palabras del narrador, pero aunque se distancia del papel en un intento por leerlas, sólo logra descifrar alguna. Tira el bolígrafo junto al bloc. Deja de tomar notas para atender al documental. Pero ni aún así puede trabar su mente para que no se le vaya (nunca mejor dicho) por los cerros de Úbeda, su tierra. Ahora responde a la propia voz en off del narrador del documental:
—¡Para códigos estamos! Pues, ¿qué más frugal que mi cena de despedida de todo un milenio y de mi desayuno y de esta comida para inaugurarlo? Perseverancia, ¿de qué? Hace falta un par para patearse una por una las consultas de los matasanos y esperar como un cabrón a que tengan a bien recibirme. ¡Sí, hombre, para codicillos de honor estamos! Que le pregunten al rapado del fondo por el suyo. No conozco con exactitud sus cánones, pero más o menos, por lo que he oído de boca de alguno como él, deben ser: no cantar en los interrogatorios; es decir, portarse como un hombre; pinchar al primer pederasta con el que se tope en el talego o esperar a que una jai, como la colega que tiene delante, le lleve a la cárcel camisas limpias y le pase alguna china entre ellas, o cositas por el estilo.
Y una parada de dos minutos en Castellón. La estación se le presenta desolada. «Las ciudades aún están durmiendo la mona de la gran resaca de la noche más vieja de todas las nocheviejas. Dicen que el milenio ha comenzado hoy, y no con la media noche de ayer.»
Y entre reflexiones más o menos alejadas del documental y respuestas al narrador, se le pasan varios segmentos de la historia del Japón.
«...el harakiri lo practicaban los samurai para eludir el deshonor de ser capturados por los enemigos, y en un hecho indirecto de ejecución: cualquier noble que recibía un mensaje del micado, por el que se le comunicaba que su muerte resultaba esencial para el bien del imperio, se hacía el harakiri...»
«Hace diez años, con treinta recién cumplidos, el resultado de la última oposición podía haber sido para mi un genuino mensaje de micado. Esperaba aprobar, incluso pasé el primer ejercicio. Pero caí en el segundo. Así que sin trabajo y con una recién nacida, no tuve más remedio que aceptar la oferta de unos laboratorios, dejar nuestra querida Úbeda y meternos los tres en la caja de cerillas de apartamento en Hospitalet, con mis cuñados de vecinos, los cuales nos habían precedido en nuestro tardío éxodo a Cataluña. Y venga carretera un día y otro día, hasta los límites del Ampurdán o hasta más allá de Murcia; de norte a sur y de sur a norte, costeando, como los navíos de cabotaje. ¿Se puede ser más mediterráneo?»
Y un Mediterráneo gris, amansado por el anticiclón de enero, va apareciendo en la ventanilla. A continuación las torres de veraneantes de Oropesa se recortan sobre el despejado azul de unas destempladas cinco de la tarde. «Aquí me gustaría vivir, a la orilla del mar. Debería hacer lo mismo que se proponía el clérigo maldito de Talavera, aquel que amonestado por el Arcipreste de Hita por su torcida vida le sale al con aquello de "Cogeré a Teresa y me iré a Oropesa." Pero a mi me gusta esta Oropesa levantina más que la castellana del Arcipreste.»
«En casa del noble ofensor, o en un templo, se levantaba un estrado. El samurai, postrado de rodillas, rezaba sus oraciones, recibía la daga de manos del representante del emperador y desnudándose de cintura para arriba hundía la daga en el costado izquierdo del abdomen, la desplazaba lentamente hacia el costado derecho y efectuaba una incisión ligeramente ascendente. En el último momento, un amigo o familiar lo decapitaba.»
La historia ha llegado al desenlace, pero Julio ni toma notas, ni responde al narrador, ni parece haberse enterado del final. Ha orientado las orejas como liebre hacia la reanudada conversación de los del fondo, que han despertado de su modorra.
—Un curro y los fines de semana mis buenos canutos y litronas. Hasta el culo me voy a poner en casa de mi hermanico. Cuando llegue, me monto en el cercanías y a Sabadell.
—Allí tengo yo el curro —le responde la chica, que acaba de levantarse a coger una mochilita del estante.
Veintipocos años, menuda, pelona por la moda, cara achinada y sobada chupa vaquera; le refulge un piercing de brillante falso en la aleta nasal, un arito dorado en mitad de la ceja, varios plateados en el pabellón de la oreja y «algún otro —piensa Julio— debe llevar en el mismísimo...»
—¿Dónde, tía?
—En un bar del Centro Comercial. Hoy na más llegar. Ni puta ganas, oye.
—¿Qué basca se deja caer por allá?
—De to, algún hijo puta que otro, peor que el picoleto ese que has contao.
—Lo que te digo tía, me dieron ganas de rajarlo.
—Pues, fíjate yo, el otro día van tres macarras y pasan a mi lao. Yo llevaba la bandeja así, y va uno y me echa mano al bul. Pues yo, ahí donde me ves, con lo pequeña que soy, me volví y le di con la bandeja en los morros. «¡A ti te rajo yo, tía guarra, a ti te rajo yo!» Y va y se tira pa mi. Pero vino el jefe, lo cogió del cuello y a la puta calle.
«¡Anda que también es suave el código de ésta!» —se dice Julio.
El carne de presidio manifiesta desmedido interés por el belicoso relato de la pelona: mueve la cabeza arriba abajo como simio histérico del Parc de la Ciutadella, mientras repite a cada lance: ¡Joertíaquéfuerte joerquéfuerte tía! El presunto novio, al barruntar que su chavala está epatando al héroe marginal con tan marcial anécdota, intenta interrumpir la charla dirigiéndose a él en tono áspero «Oye, tío, no te busques más problemas.» Pero el tío no coge el matiz de la entonación.
—No, te he dicho que no. Ahora a por un curro. Mañana mismo me pateo to Sabadell, y Barcelona. No quiero líos, ni pasma, ni jueces. Y vosotros, ¿por dónde paráis?
—Por Sabadell —contesta ella.
—Toma, como mi hermanico. Pero, ¿dónde?
—Pues en un barrio.
—Pero, ¿en qué barrio?
—Colega, en un barrio saliendo pa Badalona. Ella curra en el Centro Comercial. Ya te lo ha dicho —replica el otro un tanto mosqueado por la insistencia.
—¿Dónde para eso?
—Pues tú pregunta en Sabadell. No hay otro.
El colega desiste. El apagón del bronco altavoz de feria de la voz del rapado coincide con el paso del delta del Ebro, conflictivo al día de hoy por lo del reciente Plan Hidrológico, y el comienzo de la película. A las primeras imágenes, Julio se quita los auriculares: no está para ovnis enormes suspendidos sobre la Casa Blanca. El vagón vuelve a la tranquilidad: el abuelo continúa con la siesta y la abuela tricota un jersey para la nieta, pues, en un momento determinado, le ordena que levante el brazo y le ajusta entre codo y antebrazo un trozo de labor. La nieta lo hace, pero sin levantar la vista de la pantalla.
Y la central nuclear avisando de que la augusta Tarragona está próxima. Julio abre Balada de Caín. Lee con atención las primeras líneas.
«Según tengo entendido mis padres se apearon lejos del edén («Edén es con mayúscula.») Fui engendrado a pleno sol en medio del desierto y luego nací una noche de luna llena bajo un sicomoro («sicómoro lleva acento en la ó de có» —Julio enmienda de nuevo a la editora, o al propio autor.) Con la luz del día mi madre descubrió que yo traía una marca sagrada en la frente...»
«¡Qué comienzo tan raro! La verdad es que no estoy para caines. Bastante tengo con el abuelo de aquí al lado.» Acaba la página leyendo en diagonal. Ayer noche, al pasar por delante de una de las librerías Paris-Valencia, camino de la pensión, vio a la puerta unas cajas con cuentos y novelas, todos de saldo. Compró dos cuentos para las niñas y él se regaló la novelita de Manuel Vicent. Le gusta el castellonense, sobre todo por los artículos periodísticos y los relatos cortos.
Tarragona. Unos pocos minutos de parada. Le apetece un café. Va al bar. Apoyado en el ventanal, enciende un cigarrillo de cara a una guapa camarera y de espaldas a la fachada de la estación. No ha acabado el café y se hace visible el que durante diez años fuera inquilino del talego de Picasent.
—Oye, me das un vaso de agua —demanda atrevido.
—Sólo hay embotellada, la corriente no es potable.
—Bueno, —y sin decir ni media se da la vuelta hacia la puerta.
Lo ha observado bien, pero evitando en todo encontrarse con sus ojos: no hay duda que le provocan el mismo temor que al abuelo gruñón. Es más bien alto, delgado, ojos diminutos y muy negros, hundidos, trigueño, cara de quinqui, o de argelino. A diferencia del Caín de Vicent tiene dos cicatrices (nada sagradas) en la cara: una, le parte la ceja izquierda; otra, un siete en mitad de la frente. Va limpio y bien vestido: vaqueros, camiseta de manga corta y un chaleco. «Este tipo no tiene frío.»
«Señores viajeros estamos llegando a Barcelona. No olviden sus objetos personales. Renfe, Grandes Líneas, les agradece haber viajado en ellas.»
A la vista de los andenes de Sants, comienza a recoger los bártulos de la mesa. La abuela, después de dos o tres intentonas por meter la mano izquierda en la manga del abrigo, opta por echar pasillo adelante con la mitad colgando de un hombro y la pierna dormida, a rastras uno y otra. Mientras tanto la nieta sigue absorta en su juguete; tiene que decirle áspero el abuelo tú déjate ese cacharro para que se ponga en movimiento.
—Bueno, tía, ¿ahora adónde vais?
—Te he dicho que al curro.
Julio baja el equipaje del estante. Se pone la gabardina en la plataforma. Las seis y tres minutos. Una rasca de no te menees se entrecruza con la que ha levantado un tren que acaba de parar. Hay más mundo en el apeadero de Barcelona que en el de Valencia, Castellón o Tarragona, pero ni por asomo el habitual. Lleva delante a los compañeros de viaje: en cabeza, el abuelo y la nieta con el Game; detrás, la señora abuela. Los rebasa, y a él la pareja y el amigo ocasional, que les va pisando los talones. Cuando pasan a su lado oye como les dice:
—Eh, tío, esperar. Voy con vosotros.
—Tío, llevamos prisa. Tengo que currar. Búscanos por allá.
—Pero, ¿dónde?
—¿No te ha dicho mi chica que llevamos prisa? —le corta el otro con gesto ácido.
El ex-presidiario afloja la marcha, hasta quedar parado.
Julio llega a su altura, se detiene, se echa mano al cinto y desenfunda el móvil. Lo observa de reojo: está firme, tenso, viendo como la fría escalera mecánica eleva a los colegas por encima de su cabeza, hasta quitárselos de la vista.
«El samurai, postrado de rodillas, hundía la daga en el costado izquierdo, la desplazaba lentamente...»
El visitador presiente, clavados en la mejilla, los ojos del rapado. Pulsa el uno y llamada («¡Dónde coño se habrán metido éstas!») Enfunda, y arranca directo a la escalera.
Autor
Juan Mora.