martes, 7 de julio de 2026

Semblanza de Don Antonio

En memoria

Don Antonio Sequeros López
(1900 — 1983)

Catedrático de Historia, apartado de la docencia tras la Guerra Incivil y rehabilitado con la democracia. Se jubiló en el Instituto Gabriel Miró de Orihuela. Hoy llevan su nombre calles, un instituto y un colegio en Almoradí y Orihuela.

Afortunadamente la historia suele colocar a cada cual en su lugar: Machado, Lorca, Miguel Hernández, y otros...

Don Antonio es una figura significativa para entender la cultura de Almoradí y Orihuela en los años de la posguerra. Autor, entre otras obras, de Teoría de la huerta y otros ensayos. Además veraneaba y le encantaba Torrevieja.

Hace más de diez años se celebró en el instituto de Almoradí que lleva su nombre un acto en su memoria. Para esa ocasión escribí un artículo que ahora recupero, con el mismo cariño y la misma gratitud de entonces.

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Semblanza de Don Antonio

La alegría del viejo profesor

Por Juan Mora

Difícil es rememorar con detalle una figura que pasó por tu vida hace sesenta años, pero que te dejó una huella harto importante: el Sr. Sequeros López, don Antonio. El don Antonio por antonomasia para sus discípulos y gentes de Almoradí y pueblos limítrofes.

¿Qué es lo que me viene a la memoria de mi querido profesor? Pelo largo, aplastado, gafas de concha que ampliaban unos ojos inteligentes, y un perenne esbozo de bonachona sonrisa. Pero más definitorio que su físico era su indumentaria o sus adicciones al tabaco y al café era la habitual corbata desgastada y grasienta por roce de la papada; y más que nada, su manera de fumar cigarros puros, cuyas terminales a veces mordía hasta aplastarlas; a veces mantenía entre los amarillentos por la nicotina pulgar índice y corazón, rematados en unas uñas cortadas en pico; en el anular de la mano izquierda portaba con distinción una sortija, un pequeño ovalo azul enmarcado en oro. Mientras apuraba el puro, con los dedos de la derecha, de cuando en cuando, remontaba a lo alto de la cabeza una greña que le colgaba por la oreja, a la vez que escuchaba la intervención del alumno que recitaba la biografía del literato de turno o el nacimiento, discurrir y afluentes del río de la lección de geografía que tocaba, creo que más ensimismado en él que en dichas actuaciones.

Para él todos éramos válidos, aunque hubiésemos repetido más de dos veces la jodida reválida de cuarto. ("Americano, cinco reválidas", rezaba el grafiti en el aula del piso superior referido a José Antonio, el más borde del Liceo). En todos, incluso los que no manifestaban ni interés ni preferencia por asignatura alguna, había algo que él salvaba, algo aprovechable que lo podía llevar a finalizar una carrera o al menos aprender un oficio. No condenaba ni al más rebelde, ni siquiera tomaba medidas drásticas contra los más maltratadores, los del "bullying", como ahora se les conoce, especímenes abundantes en nuestro Liceo Politécnico. Intentaba convencerlos para que cambiasen de actitud. Para todos había una disculpa, y para cada uno unas palabras de aliento ante los manifiestos suspensos que el instituto Alfonso X el Sabio de Murcia, donde nos presentábamos como alumnos libres, consignaba en el libro azul. Y así trascurrían sus clases, entre el recitar lecciones sobre autores literarios y sus obras y en el análisis de la oración sustantiva de complemento directo (que, con cierta razón, él consideraba como que en dicha frase no había una subordinada, pues la principal era toda ella); o en memorizar accidentes geográficos y acontecimientos históricos. A él, por primera vez y en un mundo políticamente tan contrario y enfrentado a su ideología, le escuchamos los nombres de los "malditos" García Lorca y Miguel Hernández. Y hacía una pausa en mitad de la clase, cuando dos de nosotros le poníamos en su mesa el café solo que le llevábamos en bicicleta desde el Font, bar que distaba más de trescientos metros del Liceo. Porque él no podía pasar sin su café de media mañana ni sus mordidas de tabaco. Como tampoco podía pasar sin su fiel Bomba. El tío Bomba, bedel y mejor sirviente, que hasta incluso le criaba una cabra.

Y así transcurrieron algunos años de bachillerato en aquel caserón, en mitad de la huerta, propiedad de un prohombre del lugar llamado Adrián Viudes, hasta que lo dejé para hacer preuniversitario en el instituto Jorge Juan de Alicante.

Y pasaron los cursos... Más tarde, diez o más años, a mediados de los 70, ejercía yo en mi segundo destino: el instituto mixto de Torrevieja (por entonces, el primero y único de la localidad, como el de Almoradí, que ahora lleva su nombre.) Y lo encontré sentado ante su tacita de café en un pequeño bar (no recuerdo el nombre) frente al Mercado Municipal. Me recordó la conocida fotografía de otro magnífico don Antonio, Machado Ruiz, figura tantas veces glosada por él: sombrero, mirada perdida y ceniza del cigarro cayéndole sobre la pechera. Porque don Antonio nos hablaba de personajes que había conocido en el Madrid de su juventud: al antedicho don Antonio Machado; también a don José María del Valle-Inclán y sus barbas de chivo; y más aún al austero y mayor admirado por él, don José Martínez Ruiz "Azorín," entre otros. Lo primero que pensé al verlo fue que acababa de llegar desde su minúscula Villa Salada, humilde chalet de su propiedad, ubicado en el secarral de tomillos de las salinas de Torrevieja, junto al cruce de Los Montesinos. Le saludé y le dije que él le debía poder impartir clases de Lengua y Literatura en el Instituto. Se emocionó. Me contestó que él sabía que yo acabaría la carrera a pesar de mis enemistades con las matemáticas de la reválida de cuarto. Lo vi en alguna otra ocasión en aquel mismo bar, hasta que, cinco o más años después, me comunicaron su muerte. Sentí en lo más hondo no haberme enterado, no haber asistido a su funeral. Aún tengo pendiente visitarlo en su permanente residencia, llevarle una mata de tomillo de La Redonda y leerle alguna página de Azorín.

Por último, me habría gustado preguntarle, en uno de aquellos breves encuentros, que cuál era su ánimo durante sus últimos tiempos de docencia, lo digo por aquello de: "Desde hace algunos años, todos los días, regresaba triste, a su casa, el viejo profesor. Nadie entre sus familiares se explicaba este cambio de su carácter...", porque "La estructura de la sociedad que él había conocido, periclitaba, dejando en su caída el desconcierto desorientador de nuevas formas de convivencia social..." El viejo profesor comenzó a no conectar con sus alumnos, se considera "anticuado en sus teorías, torpe, incluso, en su método expositivo, nada original, y hasta inoportuno en las citas..." Así refleja su ánimo don Antonio en el artículo de cierre La tristeza del viejo profesor de su obra "Teoría de la huerta".

Pero yo le digo: Don Antonio, este texto que usted escribió impartiendo la docencia por allá por mis años de cuarto y revalida pudo deberse a una crisis vocacional pasajera, como la mayoría hemos sufrido. No le quepa la menor duda que usted siempre conectó con nosotros, tanto en sus explicaciones como en su humanísimo trato. Y que admirábamos, por entre otras, la capacidad de transmitirnos aquellas experiencias madrileñas de sus años mozos. Por todo esto, el artículo de cierre de su "Teoría de la huerta" para mí se torna no en "tristeza", sino en La "alegría" del viejo profesor.

Hasta siempre, querido profesor.

En memoria de Don Antonio Sequeros López
Maestro de Lengua y Literatura — Liceo Politécnico de Almoradí

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Rosa María González · Prompt engineer · Maquetador/Diseñador web

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