Hostal Maruja
El Pinet · Un rincón detenido en los años 60
Llega uno al Pinet y el asfalto se queda atrás, que ya es mucho decir en estos tiempos de rotondas y carril bici. El camino discurre a espaldas de las casas que se levantaron entre 1947 y 1955, cuando nadie hablaba de dominio público marítimo-terrestre porque bastante tenían con arrimar unos ladrillos a la orilla y darse el gusto del verano. El Ministerio de Costas incoó después expedientes de demolición que hoy siguen paralizados por recursos judiciales, en fase de depuración, que es la forma elegante de decir que nadie se atreve a mover ficha. Y es como si esa parálisis administrativa se le hubiera contagiado al propio tiempo: uno camina por esa tierra apisonada por alpargatas y bicicletas viejas y tiene la sensación de haberse colado, sin billete de vuelta, en el pasado. Un lugar congelado a la espera de una sentencia que, sospecho, no llegará nunca, y menos mal.
El camino que lleva al Hostal Maruja es de esa tierra mal prensada que discurre por la parte de atrás de las casas desde tiempos inmemoriales, donde los solares se asoman con sus tendederos, sus cuatro macetas de geranios resecos y algún perro que ladra sin muchas ganas al paso de los forasteros. Sin aceras ni bordillos que le den entidad, solo un trazado caprichoso que la costumbre dibujó a fuerza de pisadas, más camino de cabra que de coche, aunque el coche necesite atravesarlo levantando una polvareda que tarda en asentarse.
Los baches lo salpican con fastidiosa cantidad: unos pequeños, apenas una arruga en la tierra; otros hondos y traicioneros. Nadie los rellena, nadie los señaliza, porque en el fondo forman parte del paisaje, como las piedras sueltas o los cardos que crecen tercos en los márgenes. Se aprenden de memoria, esos baches, como se aprende el camino a casa: sabiendo dónde pisar sin necesidad de mirar al suelo.
Y en verano, cuando el sol aprieta desde media mañana, el polvo se levanta con cada paso y se pega a las piernas, a las sandalias, al sudor de la nuca, formando una costra fina que solo el agua del mar sabrá quitar después. Es un polvo blanquecino, casi harinoso, que huele a tierra seca y a verano de siempre. Caminar por ahí es hacerlo despacio, sorteando piedras y agujeros, con esa mezcla de fastidio y ternura que dan los caminos que nunca han querido modernizarse, empeñados en seguir siendo exactamente lo que eran hace sesenta años.
En medio de esa hilera de casas inciertas —inciertas como casi todo lo bueno— se levanta el Hostal Maruja, plantado con altanería, ocupando el sitio de dos o tres casas sin pedir perdón por ello.
Llegar al Hostal Maruja por detrás tiene algo de ritual no escrito.
El camino polvoriento no exige orden ni cortesía de aparcamiento: el coche se deja donde buenamente cabe, con las ruedas hundidas un poco en la tierra suelta, entre las piedras y las últimas hierbas que resisten el sol. No hay líneas pintadas ni barreras, solo la confianza tácita de que aquí todo el mundo encuentra su sitio.
Desde ahí, un pasillo se abre paso entre las estancias del hostal, discreto, como si el lugar quisiera guardarse sus secretos antes de mostrarse del todo. Es un pasillo que no pretende ser bonito, que no está pensado para el turista que busca la foto perfecta, sino para quien ya conoce la casa, para quien ha hecho ese mismo recorrido cientos de veces en veranos distintos. Y entonces, casi de golpe, sin previo aviso, estalla la luz: la terraza aparece de frente, blanca, ordenada, con el Mediterráneo desplegándose delante como recompensa silenciosa a ese trayecto discreto. Es como si el propio Hostal Maruja quisiera recordarte que las cosas buenas, las de verdad, no se anuncian a bombo y platillo por la entrada principal, sino que se descubren caminando despacio, por detrás, con los pies llenos de polvo del camino.
La terraza
La terraza del Hostal Maruja se despliega como una postal detenida en el tiempo, con sus columnas blancas y arcos de medio punto que enmarcan un cielo de un azul casi imposible. Las sillas de plástico blanco, alineadas en filas disciplinadas bajo el toldo verde desteñido por tantos veranos, guardan la memoria de meriendas eternas y siestas compartidas.
Hay algo entrañable en esa fachada blanca, en las letras negras y sobrias que anuncian el nombre del hostal hacia la playa sin necesidad de neones ni artificios: MARUJA, escrito con la misma llaneza con que se habla entre vecinos de toda la vida. No hay ostentación, solo la dignidad tranquila de quien ha visto pasar generaciones de bañistas sin necesitar reinventarse.
La barandilla de hierro forjado, ya tocada por el óxido salino, custodia una terraza que fue —y sigue siendo— testigo de un Mediterráneo anterior a las cadenas hoteleras y los todo incluido de pulserita. Aquí el tiempo se mide en rastrillados de arena, en peldaños que bajan hacia la playa como quien baja a saludar al mar cada mañana, en el murmullo de las olas que aún llegan mansas, sin el bullicio de las hamacas de alquiler ni las sombrillas numeradas.
Es una arquitectura de la sencillez: el blanco de las paredes, el verde apagado del toldo, el óxido como pátina del tiempo. Una estética que no necesitó nunca disfrazarse de moderna porque nació ya sabia, hecha para la brisa, para el resplandor que la tarde deja flotando sobre el mar y que la terraza recibe ya suavizado, para las conversaciones largas que no temían al silencio.
Y como protagonista inmutable de la escena, el mar sigue trazando la misma orilla de siempre, ajeno a las prisas, como si supiera que este rincón —con sus sillas vacías esperando la sobremesa, con su nombre pintado sin pretensiones— es uno de los últimos refugios donde el Mediterráneo todavía respira como respiraba antes de que el mundo entero quisiera venir a mirarlo.
El Pinet y su arroz
Esta es una playa que no admite prisas ni autocares cargados de forasteros con cámara al cuello. Aquí el turismo de masas no ha llegado, ese que en otras orillas ya se ha integrado tan bien con el hormigón y el neón que ni se le distingue. El Pinet sigue siendo un secreto a voces entre pescadores, ilicitanos, veraneantes de toda la vida y algún guiri sibarita que se cree descubridor del paraiso.
Nadie sabe a ciencia cierta quién anda tras los fogones del Hostal Maruja. Ni siquiera está claro quién es Maruja: un nombre pintado en la puerta, heredado vaya usted a saber de quién, repetido de boca en boca sin que nadie se moleste en indagar más, que para eso estamos de vacaciones. Da igual. De la cocina sale un vaho que huele a fideos tostándose en la paella, a azafrán mezclado con clavo de olor y pimienta, a un caldo que lleva horas conversando con la morralla y la salmorreta, y con eso basta y sobra. Las manos que remueven el arroz permanecen invisibles, como si el hostal cocinara solo, por pura costumbre, generación tras generación, sin que a nadie se le ocurra reclamar autoría.
Y cuando por fin llega el arroz a la mesa, humeante, dorado, con ese socarrat que se pega al fondo como quien guarda un secreto de familia, uno entiende que ha llegado, sin buscarlo, al único sitio donde el tiempo —detenido también en los juzgados, buena falta le hace ese descanso— se llena de golpe de las sensaciones de la infancia: las terrazas del Miramar y el Valentí, en Guardamar, los juegos en la arena hasta que se hacía de noche, y esas ilusiones de los niños que fuimos, que todavía, contra todo pronóstico, esperan algún día cumplir sus sueños.
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