miércoles, 8 de julio de 2026

LA ORUGA

 


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"…marâtre Nature,
puisqu'une fleur ne dure que
du matin jusques au soir!"
Ode a Cassandre · Ronsard
Relato

L A   O R U G A

Atardecía más deprisa de lo habitual, hasta ese momento no se había dado cuenta de las gafas de sol. Tal era su aturdimiento por la mañana, tras una larga noche de copas, que se había puesto la máscara sin quitarse los anteojos.

Sobre las diez comenzó a trabajar la primera hilera de colmenas. Pasó las horas en febril actividad: sacaba los blancos panales de miel de romero, los pasaba a los hombres de la cuadrilla para que los centrifugaran y, una vez vaciados, los devolvía a las cajas, sin que por ello dejase de girar en su cabeza la espiral de sus obsesiones.

Por la tarde sintió sobre sus riñones el peso de los panales y del trasnoche. Se enderezó y se estiró. Iba a comenzar el trabajo en las primeras cajas de la última fila. Miró al sol que ya lamía la montaña.

Se recrea en la contemplación

Frente a él, el amarillo de las retamas y el verde de los pinos parcelan una pequeña loma. Más abajo, las monótonas ringleras del olivar; después, bancales yermos donde crecen aulagas y albaidas. Al pie del pequeño collado, sobre el pedregal del suelo, prosperan los viñedos y los almendros, que acaban al comienzo de una suave ladera de tomillos, romeros, lentiscos y coscoja, en cuya cima tiene el colmenar.

A él se accede por un serpenteante camino. A la izquierda, sobre el cielo añil de Levante, se recorta el blanco caserío, en el que destaca la cruz y la campanita de la espadaña de la ermita. Tras el caserio, en medio de un llano de rastrojos, los perfectos márgenes de un breve huerto familiar.

Alguna vez ha visto allí al actual dueño del Collado. Es un viejo bonachón. Está sentado en una piedra. Descansa apoyado en el mango de la azada de cara a la carretera. El anciano mira hacia el camino que arranca de un codo del asfalto. El camino es un vial de cipreses, que va a morir en un huerto de cruces…

El susurro de las abejas alterna con el canto del cuclillo, contestados por el del celo de la perdíz macho. El olor que sube de los romeros completa la soledad sonora del monte.

Miró al sol que ya lamía las montañas. Pronto empezaría a oscurecer. Debía darse prisa. Contó las colmenas que le faltaban para acabar: dieciocho. Ahumó las cuatro siguientes. Destapó la primera.

El encuentro

Fue entonces cuando se dio cuenta de que una oruga permanecía inmóvil en la parte posterior de la caja a pesar del zumbido amenazador de la nube que la rodeaba. Velluda y brillante, parecía un cabo negro de lana angorina. No la tocó, aunque llevaba los guantes de faena. Pensó que aun así podría resultarle irritante, pero la pintó en su imaginación como del tacto de la seda.

Todo sucedió en un segundo

Una abeja —supone que una vieja guardiana— clavó su aguijón, sin mediar zumbido, justo en mitad de la cabeza de la oruguita. Cayó ésta retorciéndose al suelo mientras la abeja, irritada, trataba de desprenderse de su cordón vital: de aquello que era la propia esencia de su vida, y que en breves momentos iba a acabar con su víctima, y con ella misma.

Reflexión sobre la crueldad de la Naturaleza

Sintió el dolor del animal al recibir el veneno; la tortura del verdugo al quedársele los intestinos prendidos al aguijón, de los que, con un vuelo compulsivo y un zumbido que anunciaba su inminente final, trataba de desprenderse: intentaba, con saña, desasirse de su propia vida.

Volvió al delicado y desdichado bichito. La vio curvarse una y otra vez, convulsionándose. Le pasó por la cabeza poner fin a su sufrimiento…

Finalmente consideró que si la Naturaleza actuaba de esta manera sería por algo, y que él no era quien para enmendar una página, ni siquiera una letra, a la Madre de todos los seres, como dicen los clásicos. Ella debería ser, pues, quien finalizara su propia obra.

No por esto dejó de dolerle la sinrazón de la Ley Natural.
¿Por qué el ataque? ¿Para qué la destrucción de tanta belleza?

Pero tenía que acabar las últimas colmenas antes que la noche avanzase sobre el collado, no sin antes traer al recuerdo las palabras que el maestro Azorín escribió a tan corta distancia de donde se encontraba: palabras que cuando era estudiante leyó en Confesiones de un pequeño filósofo:

Lector: Yo emborrono estas páginas en la pequeña biblioteca del Collado de Salinas. Quiero evocar mi vida. Es medianoche; el campo reposa en un silencio augusto; cantan los grillos en un coro suave y melódico; las estrellas fulguran en el cielo fuliginoso; de la inmensa llanura de las viñas sube una frescor grata y fragante.

— Azorín, Confesiones de un pequeño filósofo

Finca "Collado de Azorín."
Salinas, 23 de abril

Juan mora

✦ ✦ ✦
fin

Rosa María González · Prompt engineer · Maquetador/Diseñador web

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