martes, 18 de agosto de 2026

In Memoriam de Federico García Lorca (1898–1936), Margarita Manso (1908–1960) y Alfonso Ponce de León (1906–1936)

Lorca, Margarita y Alfonso · Ilustración: IA. Por: Rosa

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Si yo estuviera vivo y pudiera hablar

Ejercicio literario en primera persona

Voz imaginada de Federico García Lorca. No son palabras reales del poeta, sino una recreación poética a partir de los hechos conocidos de su biografía.


Si yo estuviera vivo y pudiera hablar, os diría que la memoria no distingue banderas, que solo distingue rostros, y que los rostros de Margarita Manso Robledo y de Alfonso Ponce de León me acompañan todavía como acompañan las adelfas al agua del remanso.

Yo la vi llegar de Valladolid siendo casi una niña, con las manos ya sabias del carboncillo, y la vi entrar en San Fernando a codearse con Dalí, con Maruja, con Remedios, y a mí me entró primero por los ojos y luego por el alma, que es como entran las cosas verdaderas. No había en ella nada de espectadora: era pintora hasta en el modo de mirar, y por eso le escribí aquello de "me miré en tus ojos pensando en tu alma, adelfa blanca", porque en su apellido cabía toda una floresta y en su amistad cabía todo mi respeto.

Recuerdo la Puerta del Sol sin sombrero, la cabeza descubierta como un desafío pequeño y enorme, las piedras que nos tiraron por el delito de ir con el pelo al aire, y recuerdo que no me dolieron las piedras sino la vergüenza ajena de quienes las tiraban. Eso también era España: un país que apedreaba a sus mejores hijas.

Y estaba Alfonso, con su pincel de realismo mágico, capaz de pintar un retrato que parecía a punto de respirar y a punto de morirse a la vez, como si ya supiera algo que los demás no sabíamos. Compartimos tertulia, compartimos noches, compartimos el oficio de mirar el mundo e intentar rehacerlo con las manos. Que él fuera de Falange y yo de la libertad de los versos nunca fue, entre nosotros, motivo de distancia. Yo creía entonces, y sigo creyendo desde donde hablo ahora, que la amistad es más vieja que la política y que debería sobrevivirla siempre.

Los vi enamorarse, a Margarita y a Alfonso, en ese mismo aire de tertulias y museos, y los vi casarse en diciembre del 33 con la alegría limpia de quien no sabe todavía lo que le espera. Yo, que fui testigo de aquel amor, quise creer que el porvenir sería tan luminoso como sus cuadros.

Pero España se cerró como un puño. A mí me llevaron a Víznar, entre olivos, y no hizo falta juicio ni sentencia, solo el odio disfrazado de urgencia. A Alfonso lo llevaron unos meses después, y a él tampoco le hizo falta juicio para acabar en una cuneta de Madrid, aunque a algunos les guste llamarlo "ejecución" para que suene a justicia y no a lo que fue: la misma sinrazón vestida con otro uniforme. La muerte, esa igualadora terca, no preguntó de qué lado veníamos.

Y Margarita quedó sola con las dos ausencias a cuestas, sosteniendo en silencio lo que ninguno de los dos pudimos ya sostener. Ella, que había sido la modernidad con la cabeza descubierta, se fue cubriendo poco a poco de olvido, como si el silencio fuera lo único que España le permitiera llevar puesto.

Si yo estuviera vivo y pudiera hablar, os diría que no hay bando que merezca la sangre de un amigo, que la creación no reconoce fronteras ideológicas y que la verdadera vanguardia no fue la de los ismos, sino la de seguir queriéndonos por encima de las banderas. Os diría que a Margarita le debemos memoria, que a Alfonso le debemos justicia sin adjetivos, y que a España, todavía, le debemos aprender esto que a nosotros nos costó la vida:

"que se puede discrepar sin destruirse, que se puede amar sin preguntar el carnet, y que la libertad y la paz no son símbolos de un solo lado, sino la única casa donde cabemos todos."

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Recreación poética inspirada en la vida y obra de Federico García Lorca, sus amistades y el legado de la Generación del 27.


🖋️ Ejercicio literario · Publicado en Literatura · 18 de agosto de 2026

Rosa María González · Prompt engineer · Diseño editorial

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