jueves, 6 de agosto de 2026

La aventura del rebuzno

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Reflexiones · El Quijote

La aventura del rebuzno

Dos concejales, un asno muerto y un pueblo que casi va a la guerra por un sonido — capítulos XXV y XXVII de la Segunda Parte del Quijote


Todo comienza en una venta de camino, donde Don Quijote y Sancho se encuentran con un hombre que lleva a hombros lanzas y alabardas, con mucha prisa. El hombre promete contarles «maravillas» si le ayudan a dar de comer a su bestia. Don Quijote, impaciente por saber de qué se trata, le ayuda a ahechar la cebada y a limpiar el pesebre. Sentados después en un poyo, con Sancho, el primo, el paje y el ventero como público, el hombre empieza su relato.

El asno perdido

En un pueblo cercano, a un regidor (concejal) le desapareció un asno. A los quince días, otro regidor del mismo pueblo le dio la buena nueva: lo había visto en el monte, flaco y ya medio salvaje. Fueron juntos a buscarlo, pero no lo encontraron por ninguna parte.

El segundo regidor, que sabía rebuznar de maravilla, tuvo una idea: dividirse el monte y, de trecho en trecho, rebuznar cada uno por su lado. Así, el asno los oiría y respondería. El dueño del animal, algo picado en su honor, contestó que él tampoco se quedaría atrás rebuznando —que no le iba a dar ventaja a nadie, ni siquiera a los propios asnos.

La competición de rebuznos

Se repartieron el monte y, casi al mismo tiempo, rebuznaron los dos. Cada uno, engañado por el rebuzno del otro, corrió pensando que por fin había dado con el asno. Cuando se encontraron, en vez de reconocer el error, se pusieron a elogiarse mutuamente muy en serio: uno le dijo al otro que entre su rebuzno y el de un asno de verdad no había ninguna diferencia, que en su vida había oído cosa más lograda. El otro le devolvió el cumplido con creces, alabándole el sonido, el compás y los remates.

Para no volver a confundirse, acordaron una contraseña: rebuznar dos veces seguidas, así sabrían distinguirse de un asno real. Rodearon todo el monte rebuznando a dos tiempos, pero el animal nunca respondió. No podía: lo encontraron finalmente en lo más escondido del bosque, comido por los lobos. El dueño, resignado, dijo que, a cambio de haber oído rebuznar con tanta gracia a su compadre, daba por bien empleado el esfuerzo, aunque lo hubiera encontrado muerto.

El pueblo del rebuzno

De vuelta en la aldea, contaron la historia exagerando la gracia del rebuzno de cada uno. La gente de los pueblos vecinos empezó a rebuznarles en la cara cada vez que se los encontraban. Los muchachos se sumaron a la burla y el rebuzno se fue extendiendo de pueblo en pueblo, hasta que a los del «pueblo del rebuzno» se los distinguía y señalaba igual que a «los negros de los blancos». La afrenta creció tanto que muchas veces salían con mano armada, formados en escuadrón, a darse la batalla, sin que nadie —ni rey ni roque— pudiera evitarlo.

El hombre que contaba la historia en la venta era, precisamente, de ese pueblo. Iba camino de apercharse con sus lanzas y alabardas: salían en campaña contra otro lugar, a dos leguas, uno de los que más se había burlado.

Capítulo XXVII: Don Quijote interviene

Días después, Don Quijote y Sancho ven desde una loma un escuadrón armado de los del pueblo del rebuzno. Don Quijote se acerca a los principales y les suelta un discurso largo sobre la paz y lo absurdo de ir a la guerra por algo tan pequeño como saber o no rebuznar.

Sancho, queriendo reforzar el argumento de su amo, se ofrece a rebuznar él mismo, para demostrar que uno puede hacerlo sin ofenderse por ello. Pero en cuanto suelta su rebuzno, uno del escuadrón cree que se está burlando de ellos y le descarga un palo que lo tira al suelo. Don Quijote, al ver a su escudero herido, carga con la lanza contra el agresor, pero varios hombres se le interponen y no le queda otra que huir a toda prisa, dejando atrás a Sancho. Los del pueblo, ya más calmados, dejan que Sancho suba a su jumento y siga a su amo.

Cuando Don Quijote está ya a salvo, le recrimina a Sancho, con ironía, lo bien que ha rebuznado. Sancho, dolido, le contesta que no es de caballeros andantes huir de la batalla y dejar a un amigo a merced del enemigo. Don Quijote responde con toda su dignidad:

«No huye el que se retira».


Por qué Cervantes cuenta esto

No es solo un chiste, aunque funcione como tal. Es uno de los episodios más densos de toda la Segunda Parte, y en él se cruzan varias lecturas a la vez.

1. Una sátira de la violencia por nimiedades

Dos regidores pierden un asno, descubren que rebuznan bien, y eso basta para desatar burlas entre aldeas que acaban en escuadrones armados y batallas campales. No hace falta una razón grave para que estalle la violencia colectiva: con que unos muchachos imiten un sonido para reírse de ti, ya hay motivo de guerra. Cervantes está retratando los conflictos por honor herido y por rivalidades sin sustancia que desangraban la España de su tiempo.

2. Una reflexión sobre la imitación

El rebuzno va siempre unido, en estos mismos capítulos, al mono adivino y al retablo de maese Pedro —que resulta ser Ginés de Pasamonte, el ladrón del rucio de la Primera Parte. Los tres casos giran en torno a una «rara habilidad» que en realidad es impostura: los regidores imitan tan bien al asno que se confunden entre ellos; el mono no adivina nada, solo repite lo que le han enseñado; el retablo es una ficción que Don Quijote confunde con la realidad y destroza. Cervantes se pregunta, en el fondo, qué separa una imitación que crea algo nuevo de una que solo copia el sonido.

3. Una respuesta al Quijote falso de Avellaneda

Cervantes escribió esta Segunda Parte sabiendo que, en 1614, un tal Alonso Fernández de Avellaneda había publicado una continuación apócrifa de su obra. Toda la Segunda Parte responde, en parte, a ese plagio, y la historia del rebuzno es una de sus réplicas más sutiles: los regidores que imitan al asno son, leídos así, Avellaneda imitando a Cervantes —una copia del sonido que no entiende la música. En el capítulo XXVII, cuando Sancho rebuzna, Cervantes lo llama «la agudeza de Sancho», la única vez en toda la obra que usa esa palabra sin matizarla. El rebuzno de Sancho, tan potente que hace retumbar los valles, se lee entonces como una declaración de autoría: si alguien va a imitar, que se note quién lo hace mejor.

4. El fracaso del lenguaje

Don Quijote pronuncia ante el escuadrón un discurso apaciguador lleno de razón y retórica, y casi lo consigue: los aldeanos se quedan atónitos y en silencio. Pero en cuanto Sancho rebuzna —traduciendo ese discurso al único idioma que aquel pueblo entiende— recibe un palo y estalla el conflicto. La razón no sirve de mucho con quien solo entiende de rebuznos, y el que intenta hablar su idioma termina siendo castigado por ello.

5. ¿Quién es el asno aquí?

Al final, Don Quijote también huye del escuadrón dejando a Sancho tirado en el suelo. El caballero que acaba de predicar la paz sale corriendo en cuanto empiezan los golpes. Así que nadie queda bien en este episodio: ni los aldeanos que van a la guerra por un sonido, ni el hidalgo que huye de ella, ni el escudero al que apalean por ser demasiado listo.

Como dice el estandarte del escuadrón: «No rebuznaron en balde el uno y el otro alcalde». Nada en este episodio está en balde.

Es la misma idea de siempre: gente razonable al borde de una guerra por algo absurdo, un sonido. ¿Pudo pasar también entre los majaeros y semolas de la Vega Baja?


Entrada publicada en La sección Literatura

Rosa María González · Prompt engineer · Maquetador/Diseñador web

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