Etíopes
Un relato de atardecer junto al mar. Un cliente solitario observa el ir y venir del paseo marítimo desde la barra de un bar mientras sorbe su chupito. La llegada de un joven con el móvil pegado a la oreja rompe la calma y convierte la tarde en un pequeño teatro de gestos y palabras ajenas.
La pilastra encordada con amarra marinera está justo donde debe: en el codo que forman las dos barras del bar, a menos de cincuenta metros de la playa. Allí, espalda en ella como plana de albañil en paño de pared, apoltronado de medio lado sobre el taburete, ve declinar la tarde mientras sorbe a pequeños buches un chupito de Havana siete. No sabe por qué tiene que pedir estas miserables medidas y no una copa como dios manda. Le gusta la soledad del local a estas horas, la luz que surge del mar y se enreda en la fronda de las palmas apropiándose de su color, antes de llegar al recinto e invadirlo por completo. Hay algo de entrañable intimidad en este sitio. Suenan no muy altos los primeros acordes de What a wonderful world, del moreno Armstrong. La mente, como sedada, se ralentiza con la porción de mar que el vano de la puerta precisa, tras la que discurre un mundo nada distinto del habitual: a las seis de la tarde, las gaviotas se arremolinan detrás de la popa de una vaca obligada por un lebeche de fuerza tres a dar bandazos a babor y estribor y avanzar con lentitud; a pesar de ello, las va dejando atrás cuando enfila la proa hacia la rada del puerto. Le llegan limpios los gañidos de rivalidad de los pájaros: concursan por atrapar en el aire cualquier desafortunada morralla que los marineros desechan arrojándola por encima de la regala de la embarcación. Mostrando sus barbas de macho arrogante, cruza rápido, a saltitos, por el suelo, entre las mesas, un gorrión detrás de una hembra. Diez metros más allá, en el malecón, dos mujeres, una con carrito de bebé, se paran frente a la puerta y cuchichean al oído como si estuviesen rodeadas de vecinas. Un chucho husmea la base de la palmera: busca los rastros amoniacales de algún compadre. Es ciertamente el reiterado transcurrir de las tardes. Sólo tiene que dejarse llevar por él para encontrar el sosiego que difícilmente puede hallar en otro bar y a estas horas. La dueña del local, después de ponerle el vasito, se ha retirado al otro extremo de la barra y comienza a ojear el periódico. Perfecto.
Recuerda la frase con que Romeo pondera la belleza de Julieta cuando la ve por primera vez en el baile de los Capuleto:
«Parece colgar sobre la mejilla de la noche —exclama el joven enamoradizo— como una rica joya en la oreja de un etíope.»
No sabe por qué le ha venido el texto a la cabeza, quizá porque no hace mucho ha visto la tragedia del gran Shakespeare con una puesta en escena vanguardista, o por alguna otra razón que ahora no tiene ganas de analizar. Pero lo cierto es que está dándole vueltas, cuando algo oscurece el umbral y la música: el perfil de un etíope blanquito con Airtel colgando de la oreja.
—¡No, qué te digo...!
—...
—¡No!
—...
—Mañana, tampoco. Ya he quedado.
—...
—¡Tampoco puede ser!
—...
—¡Pues, ahora menos!
—...
—¡Bueno, bueno, y bueno! ¡Eso lo serás tú!
—...
—No, no tengo más que decirte.
—...
—Sí.
—...
—¡Ya, ya, ya. Menos lobos!
—...
—¡No te digo!
—...
—¡Vale! Lo que tú quieras. ¡Ya veremos lo que te dura!
—¡Joder, que tía más plasta! —dice para sí mientras aprieta con rabia la ce de colgar. Después se enfunda el aparato en la cintura como vaquero el colt humeante. Levanta el brazo. Acude la dueña al reclamo del metro ochenta, la chupa cara, el pelo engominado y las formas resueltas de joven que ha traspasado el umbral de los treinta.
—¡Ponme un golpe!
Debe ser cliente habitual, porque sin más explicación la cantinera le ha plantado delante una botella de Larios, un tubo con dos cubitos y una rodaja de limón, sobre los que vierte una tónica espumante.
Apura de un trago medio vaso. Saca el revólver parlanchín y mira por encima del hombro a izquierda... a derecha… Pero sólo ve al forastero que dormita apoyado en la columna. Se da la vuelta y se encuentra con toda su larga humanidad en el espejo que tiene a la espalda. Apuntando al espejo, aprieta la tecla del uno y, a continuación, la del menos, sin perderse de vista.
Mientras tanto la dueña, desde su observatorio, lo mira con cara de sorna; y el asiduo a la columna, al ron y los atardeceres, con curiosidad.
—¡Mamá, mamá! ¿Me oyes, me oyes?
—...
—Sí, he leído tu mensaje. No, te lo aseguro, te aseguro que no he podido.
—...
—No te preocupes, he comido una pizza al salir de la Oficina de Empleo.
—...
—No, aún no había nada.
—...
—Me han dicho que me avisarían antes de un mes.
—...
—¡Que sí, que ya he comido!
—...
—Bueno, déjamelo en el frigorífico.
—...
—Sí, sí. Pero no me esperes levantada.
Se da media vuelta, apura copa y pone dos monedas de cien sobre el mostrador. Sale y se despereza de cara al mar, pero sin mirarlo. Vuelve a marcar. Ahora pasa una y otra vez ante la puerta con el ingenio colgado perenne de la oreja. Gesticula enfadado, como si las ondas no bajasen del satélite con la rapidez que a él le gustaría. Otra contrariedad. Se tapa la oreja libre. Todo parece molestarle: los graznidos con que una gaviota argéntea, desde la misma orilla de la playa, llama a sus comadres que planean por encima; también la sirena que anuncia el fin de la subasta en la lonja del pescado. Lo bueno es que se ha quitado de delante y ha dejado el observatorio franco al cliente habitual.
La tarde da sus últimos coletazos. El lebeche ha caído con el sol. La línea del horizonte divide el vano de la puerta en dos azules: índigo para el mar; garzo para el cielo. Y desde la lejanía hasta la playa, el ocaso muestra una pantonera de añiles y verdes que se van deshaciendo en el blanco lechoso del rompiente de las olas: la arena en suspensión de los últimos restos del temporal de levante de hace cinco días. Un pesquero rezagado enfila ligero a la bocana del puerto sin dar bandazos. No lleva viento de cuadra ni de bolina, el lebeche ha caído con la tarde. Reina la calma chicha: las palmas han quedado inmóviles, y caída la bandera del torreón de la Isleta y el cataviento del Náutico. Las últimas luces del atardecer ponen el cielo de un morado que va degradándose conforme la vista asciende hasta el cenit. Tienen la culpa las abundantes farolas del paseo marítimo, encendidas antes de oscurecer. Contaminación lumínica, dicen.
El etíope ha desaparecido. El cliente de la columna paga. Hace rato que ha consumido el chupito, y su tiempo. Ya de pie, se ajusta por entre los bolsillos de la parka los pantalones. Se dispone a salir cuando irrumpen entre risas dos parejas de treintañeros. Es la hora de ellos. Van a sentarse en la mesa del rincón, cuyo tablero acristalado protege la rosa de los vientos de un vapor salinero desguazado hace más de cincuenta años. Suena estridente en el bolsillo de una cazadora la melodía de la Fuga de Bach.
Uno de ellos se cuelga el móvil en la oreja y sale al malecón. Gesticula como si interpretase la furia de Romeo contra Tebaldo cuando se entera de que éste ha matado a su primo Mercucio. Se tapa la oreja izquierda para impedir que el chillido de las gaviotas o el silencio del anochecer interrumpan su llamada… transcendental.
AUTOR
Juan Mora.
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