lunes, 12 de octubre de 2026

El velatorio

El velatorio de El Pulga

La llegada al velatorio

No sé por qué me he empeñado en venir a estar contigo a esta hora, recién traído de la mesa de mármol del forense. Sin pensármelo dos veces, aunque los nervios me comen por dentro, me he abierto paso entre la masa de fisgones que obstruye la puerta y me he plantado ante el féretro. Allí, firme, aguanto rezos entremezclados con sollozos, y el olor a cera, y el olor a flores. Me da angustia el olor de los crisantemos recalentados por las velas, y el vaho de la respiración. Y aún faltan más de cuatro horas para amanecer.

Ahí, entre cuatro cirios, está mi amigo El Pulga, bien peinado, con sus manotas sobre el pecho, una encima de la otra. La verdad que a los diez años nos sacaba dos cabezas al resto de los colegas. Pero, pese a lo grande y desproporcionado, tenía un carácter apacible, y en apariencia más callado que una tumba. Como era el primer Martínez de la lista, precedía a Martín, mi apellido, por lo cual me tocaba con él hacer la leche de la ayuda americana, razón, entre otras, por la que hicimos buenas migas, o mejor buenos grumos. Y ahora lo tengo delante, tendido, tan largo como un zarzo, quieto. La verdad es que no se le nota la descarga. Está un poco más amarillujo (así se dice por aquí) que los que han pillado el aliacán, como mis paisanos llaman a la ictericia. Pero él fue cetrino desde que nació. En nada se parece a esos achicharrados en la silla eléctrica que los cronistas de noticias negras nos hacen llegar desde las prisiones de Texas, en ocasiones, hasta con soporte gráfico.

Memorias del patio y la leche americana

—¿Recuerdas, Pulga, el frío en el patio mientras esperábamos que el mísero infiernillo de petróleo calentara los veinte y pico litros de agua del ollón, donde se suponía que debíamos disolver los grumos de la leche? La humedad del patio que solía encharcar durante bastante tiempo las lluvias de otoño que enero transformaba en hielos nos subían por las menguadas perneras de los pantalones hasta las ingles y nos congelaba nuestras partecitas: un frío negro, que espesaba las fumaradas del aliento. ¿Lo recuerdas?

Me ha parecido que me has sonreído y me has hecho un gesto de sí con la cabeza. Pero del todo imposible. Bien se ha encargado de recordármelo la vieja beata, la mojama presente en todos los velatorios, con su gimoteo casi inaudible, como si la menda fuese de la familia. Seguro que aguanta toda la noche al pie del cañón. Antigua ralea de plañideras hipócritas. Qué poco me gustan los velatorios, y menos éste. He venido, ya ves, no por aquello del qué dirán sino porque realmente creo que te lo debo.

La araña del retrete y el maestro

Dejábamos el hornillo a su aire y nos metíamos en el retrete. ¿Recuerdas? Nuestro entretenimiento, pese a la halitosis permanente de su boca, a pesar de estar cegada por la tapa de madera, era alimentar con moscas la araña que emplazaba la trampa en uno de los cornijales del techo de aquel cuchitril de, las menos veces, perentorias necesidades. Era la mascota de todos.

—Puedo ir a mear, don José —ruego lastimero al maestro cuando no podíamos más de aburrimiento, sobre todo los días que nos no nos tocaba hacer de cocinillas.

—¡A orinar querrás decir, basto, más que basto! —nos afeaba el tiranuelo para que dijéramos en fino lo que él consideraba grosero.

Los jueves, nuestro día, aquello de la leche hacía que tuviésemos recreo doble. ¿Recuerdas cuando nos embobamos dándole moscas a la araña y se nos quemó el pucherazo y no hubo leche para nadie? Cómo se puso don José y cómo nos puso las orejas, tan calientes como ajos de los tirones, al igual que las manos con el regle, y las rodillas, tras la consabida sesión de falsa penitencia, tan abotargadas como las de las beatas después de barrer la calle con ellas detrás del Cristo Yacente de la Procesión del Silencio. Nos tuvo hincados de cara a la pared hasta las doce, y luego otro tanto por la tarde.

El abuelo y sus contradicciones

Mientras tú cazabas moscas para el almuerzo de nuestra zancuda amiga (lo recuerdo perfectamente a pesar del tiempo transcurrido), el papel higiénico de entonces me llevó a algo que oí al flaco, cojo y flemático de tu abuelo, el cual te sorprendía con frases que es probable fuesen producto de sus ideas políticas y religiosas. «Por mi culo pasa desde Franco hasta el Papa.» Esto dijo —tú estabas presente, aunque seguro que no lo recuerdas— mientras hacía octavillas de unas hojas del Abecé para pincharlas en el gancho del excusado, como el puñetero maestro quería que llamásemos al retrete. Fíjate, Pulga, que frases tan subversivas para aquel tiempo salían de su boca. Y también le oí decir soy de derechas, católico y monárquico. Entonces todo aquello me sonaba a chino, pero cuando comencé a comprender ideologías y creencias, pensé en la contradicción de las ideas del bueno de tu abuelo. Estoy seguro de que sentía una gran animadversión hacia el pequeño General y el nada pío papa Doce.

El fútbol y el álbum de cromos

Tenías fama de callado, pero no me negarás que bruto. A mí me gustaba tenerte cerca como aliado, más que nada cuando jugábamos al fútbol en la alameda del cementerio, rajes le llamábamos a aquellos partidos. Todo estaba permitido, podían acabar en puñetazos y algo de sangre. ¿Recuerdas que te tocó el balón cuando completaste el álbum con los cromos de futbolistas que llevaban en su interior las papeletas del colorante, mal nombrado azafrán, Cristo de Limpias? No recuerdo bien si el jugador más reacio a dejarse ver era Panizo, Gainza o Zarra. Tú fuiste el primero, y único del pueblo, que lo consiguió. Durante un tiempo toda nuestra soldada de niños se la llevaba la corriente de agua: una vez inspeccionadas las papeletas, las desechábamos en los partidores de las acequias. Poniámos las aguas tan amarillas como el arroz con conejo de los domingos. El balón, ¿nos duraría tres semanas? Pronto feneció su vida, como dicen los clásicos. Mucho fue el trote que le dimos.

Atribución

Relato extraído de «El Colgante». Autor: Juan Mora.

Entradas relacionadas

Rosa María González · Prompt engineer · Maquetador/Diseñador web

Accesibilidad: este contenido ha sido formateado siguiendo el protocolo de accesibilidad WCAG 2.2 AA (Web Content Accessibility Guidelines), con estructura semántica HTML5, contraste de color verificado, navegación por teclado, compatibilidad con lectores de pantalla (NVDA, JAWS, VoiceOver y TalkBack) y respeto por la preferencia prefers-reduced-motion.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El muro

La revolución del gesto mínimo Una reflexión sobre la incomunicación contemporánea, la gramática del de...