lunes, 12 de octubre de 2026

El tío Chato

La muerte del tío Chato, el calderero

La explosión de la caldera

Un día, mediados de octubre, había llovido toda la mañana. Por la tarde estábamos echando un raje en mitad de los charcos, (el cielo estaba encapotado, pero el levante roló a un poniente frío que comenzó a empujar las nubes hacia el mar de donde habían salido), cuando en mitad del juego, ya anocheciendo, oímos una explosión exagerada. Venía de la fábrica de conservas. Vimos una columna de humo blanco que ascendía, no de la chimenea, sino de la base de la misma. «¡Eso e la caldera, eso e la caldera que ha reventao!», gritaban unas mujeres que al estruendo salieron de las casas.

El tío Chato, un pobre diablo

El tío Chato, un pobre diablo. No sé a ti, pero a mí me daba mucha lástima. Era diminuto, la cara envejecida prematuramente, llena de surcos profundos, ojos de ratón y nariz simiesca. El viejo Charles Bronson, ese de Los siete magníficos, el mismo de las policíacas americanas, sí, hombre, el que tira de revólver a la menor ocasión y sin mover un solo músculo de la cara, me lo dibuja en la memoria. Lo veo allí, sentado en la mesa, en el rincón del bar del tío Pepe, ante un porrón y fumando la pipa roñosa, por cuya boquilla discurría un hilillo de saliva hasta quedar colgada en la cazoleta. Nadie hablaba con él, nadie sabía con certeza de dónde había salido: unos decían que era del norte, de El Ferrol; otros, que de Cartagena; que como tú había sido marino mercante, pero calderero en uno de aquellos vapores de antes; que no tenía familia; que dormía sobre unos sacos; que la fábrica era su casa y la caldera toda su gente. Sólo se hablaba con su ayudante, Pepe el Tumba, otro desheredado, tan débil y explotado como él: a ambos, por cuatro perras y de sol a luna, el patrón los tenía alimentando la gran marmita donde le daban un baño maría a los botes de melocotones, alcachofas y tomates, con el fin de achicharrar los bichos que pudiesen haber ido recogiendo de las uñas de las mujeres y de los tableros mugrientos de los bancos de trabajo.

El entierro del tío Chato

¿Lo amortajarían con uno de los sacos donde dormía? ¿Lo meterían en una caja de las que el hábil Elías era capaz de improvisar, en menos de dos horas, con cuatro maderas que podía aprovechar de los tablachos viejos? Ninguno de nosotros lo supo, pues lo llevaron al cementerio por la mañana. Estábamos en la escuela. El cura le rezaría un responso asistido por tan sólo Paco el Beato, el sacristán, porque los monaguillos, Manolo el Cabesón y Paco el del Tuerto, estaban con nosotros en la escuela. Porque había muerto sin confesión, decían, y además nunca pisaba la iglesia. Nadie le acompañaría, sólo Manco el Rana, el sepulturero, tirando del ataúd en el carrito de albañil. Lo enterraría en el suelo, pues si no tenía familia en el pueblo menos iba a tener ni nicho ni nada de nada. La humedad de nuestra tierra, con el agua a medio metro de la superficie, se encargaría de disponerlo en poco tiempo para ser engullido por las raíces (algunas tan gordas como la muñeca) del regaliz que crecía en aquel rincón del camposanto dejado a su aire; las mismas que, tras saltar la tapia, cuando llegaba el verano, arrancábamos. La verdad es que eran más jugosas y dulces que las que criaban los costones de azarbes y brazales. Tenían la esencia de nuestros abuelos. Allí, una tarde de estío, vimos un margen de tierra y una tosca cruz de madera, recientes.

Me sonríes y asientes. Me estarán afectando los rezos, el olor de las flores, y las primeras luces del día. Voy a echarme un rato. Volveré antes de que te lleven con el Chato...

Atribución

Relato extraído de «El Colgante». Autor: Juan Mora.

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Rosa María González · Prompt engineer · Maquetador/Diseñador web

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