lunes, 12 de octubre de 2026

La pedrea

La PEDREA EN LA BARRACA DEL TÍO JULIO

Relato

Tu balón aguantó casi un mes, pero el goma negra que me trajo el abuelo en uno de sus viajes a la capital, el de Pedro el Cabesón y el de su hermano, apenas una semana. Algunos caían la misma tarde del estreno. Cuando no teníamos con qué jugar, íbamos a un erial, junto al camino del cementerio, donde se levantaba, o mejor se caía de puro abandono, la barraca del tío Julio. No hemos conocido que vivieran en ella. El viejo propietario, al que no le hacía ninguna gracia vernos por sus alrededores, la utilizaba para guardar los aperos de labor: viejas corvillas, oxidados legones y alguna que otra horqueta desdentada. En la huerta nada se tira, aunque no sirva para nada. Tenía el manto de cisca todo agujereado. Un cuchitril ideal para nuestras pedreas.

El juego consistía en que la mitad nos metíamos dentro de la barraca: unos en la planta baja y dos o tres en el camaranchón. Estos llevaban la peor parte. Al día siguiente, los sitiados se convertían en sitiadores. ¿Recuerdas la tarde que nos tocó hacer de numantinos a ti, a mí, al Cabesón y a su hermano Rafael? Qué bestias los hermanitos. Mucho más fuertes y violentos que todos nosotros juntos, pero no sé qué sucedía que golpe o pedrada que se escapaba se lo llevaban ellos. Y cuando sucedía, había que salir cortando de su lado. Cuando les tocaba de asaltantes, traían de la tienda (sus padres tenían un colmado) unos cuantos botes vacíos de leche condensada La Lechera (los de entonces eran de cristal), los llenaban de piedrecitas, metralla decían, y los lanzaban contra lo que quedaba de puerta.

En cierta ocasión, Antonio el Pardillo, enarbolando por una rendija un trapo blanco atado a una caña, daba voces de alto el fuego. Pero el Cabesón, haciendo caso omiso de las leyes de guerra internacionales, le lanzó una granada La lechera, que fue a impactar en el tronco de ciprés que servía de dintel a la puerta. La metralla alcanzó de lleno la cabeza del pobrete. Un velo rojo le caía desde la frente. El practicante le tuvo que dar más de diez puntos de sutura, más la inyección del tétanos. Bien, te recuerdo que aquella tarde a ti y a mí nos tocó en suerte la planta baja, y la naya, a los violentos hermanos.

Comenzó la batalla. También, como las Naciones Unidas con las armas químicas y radioactivas, habíamos concertado no utilizar piedras vivas (guijarros del río), sino tolmos, que se deshacían al contacto con las císcas del techo o los bloques de adobe de las paredes. Pero ellos disparaban desde arriba con tirachinas, rompiendo, como en anteriores ocasiones, lo pactado. Los asaltantes se vieron obligados a cambiar y responder con armas de la misma naturaleza; así que, mezclados con los tolmos, comenzaron a llovernos guijarros, algunos de los cuales traspasaban con facilidad el manto del techo o se colaban por un agujero que a manera de ojo de cíclope la barraca tenía en su frente, que el abandono había abierto debajo de la cruz, en el vértice de las dos aguas del tejado. El Cabesón no se lo pensó dos veces: cogió una damajuana desnuda de mimbre que en vano aguardaba a ser vestida en un rincón de la naya e intentó cegar el agujero. El ojo sin niña, verde ahora, se transformó en toda una tentación para el Pardillo, en el esperado momento del desquite. Se descolgó el tirachinas del cuello, puso una china tan regular como una canica en la badana, tensó las gomas, se colocó la horquilla junto a la mejilla derecha, guiñó el ojo izquierdo y apuntó con cuidado.

Mientras tanto nosotros aguantábamos los envites de los asaltantes contra la puerta, para lo cual utilizaban un palo de morera a manera de ariete, apuntalándola con una vieja agramadera, una desvencijada carretilla y todo lo que teníamos a mano. La influencia que recibíamos de las películas de romanos y los tebeos de El Jabato y El capitán Trueno era considerable. Nuestra violencia no nos venía por vía televisión, como ahora, sino de aquellas historietas ilustradas. Lo cierto es que oímos un crujido y, a continuación, el alarido del Cabestro seguido de una serie de improperios del hermano, poniéndonos de hijosdeputa y mecagoenvuestrosmuertos para arriba. El proyectil del Pardillo había alcanzado de lleno el garrafón y lo había hecho estallar en las manos del Cabestro, como había sucedido con el bote de leche sobre su cabeza, pero con un efecto mayor.

Los sitiadores levantaron el vuelo, y nosotros detrás en cuanto pudimos desembarazar la puerta. Pero, como los jilgueros sorprendidos por la red traicionera en la era del cañamón cuando comen confiados, fuimos apresados uno tras otro por los padres, que salieron del bar a los berridos de uno de sus retoños. Cobramos cada cual su ración de soplamocos y correazos hasta que llegamos nuestras respectivas casas. A él lo llevaron donde el practicante, centro de urgencias médicas de aquel entonces, y a nosotros a la cama sin cenar.

Atribución

Relato extraído de «El Colgante». Autor: Juan Mora.

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Rosa María González · Prompt engineer · Maquetador/Diseñador web


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