Curanderos y medicina popular en la Vega Baja del Segura
Historia · Tradición · Memoria oral
En la Vega Baja del Segura, la figura del curandero ha sido durante siglos algo más que un remedio ante la enfermedad: un pilar de la comunidad, un depositario de saberes ancestrales y un puente entre lo terrenal y lo divino. Lejos de ser una reliquia del pasado, estas prácticas de medicina popular —herederas de un sincretismo donde la fe católica, la botánica y el gesto ritual se funden— siguen vivas en la memoria de sus gentes, y en los últimos años han despertado el interés de antropólogos, documentalistas y cronistas locales[reference:0][reference:1].
Un contexto de necesidad y fe
La comarca, con su excepcional producción hortofrutícola, ha sido durante siglos un territorio de supervivencia y autosuficiencia. El acceso a la medicina profesional fue, hasta bien entrado el siglo XX, un lujo reservado a unos pocos. Frente a esa carencia, la población desarrolló un cuerpo de conocimientos teóricos y prácticos —transmitidos verbalmente de generación en generación— para el diagnóstico, la prevención y el alivio de trastornos físicos, mentales y sociales[reference:2][reference:3]. Esta sabiduría popular, a caballo entre la medicina natural, la tradición oral y el curanderismo, ha sido definida por los estudiosos como un sistema vivo de «conocimientos basados exclusivamente en la experiencia y la observación»[reference:4][reference:5].
La fe católica impregnaba cada uno de estos actos. No se trataba de magia, sino de una extensión de la religiosidad popular: las oraciones, los santiguados y los ensalmos se dirigían a la Trinidad, a la Virgen o a santos como San Blas (para la garganta) o Santa Apolonia (para los dientes). El curandero o la santiguadora no se veía a sí mismo como un hacedor de prodigios, sino como un intercesor que, gracias a un «don» recibido, canalizaba el poder divino para aliviar el mal[reference:6].
Las figuras del saber popular
La medicina popular en la Vega Baja no era un oficio único, sino un entramado de especialidades. Había santiguadores que, mediante la señal de la cruz y oraciones específicas, trataban el mal de ojo y otras afecciones[reference:7]. Existían «mujeres que miran» —como se las conocía en la huerta murciana— capaces de diagnosticar males a través de la observación[reference:8]. Y, sobre todo, estaban las medidoras, mujeres que con un simple pañuelo, agua o aceite realizaban rituales para «medir el empacho», «sacar el sol de la cabeza» o quitar el mal de ojo[reference:9][reference:10].
El documental Las medidoras (2024), del director catralense Gustavo R. Cuneo, ha puesto en valor precisamente esta tradición. Rodado en el barrio de Los Dolores de Callosa de Segura, el cortometraje muestra a mujeres corrientes —como Mari Carmen, de 75 años— que han heredado estos saberes y los practican como un acto de cuidado y comunidad, lejos de la imagen estereotipada del curanderismo[reference:11][reference:12]. «Crecí en un hogar donde mi madre nos miraba el estómago cuando alguno de mis hermanos o yo nos sentíamos empachados. Con un pañuelo en mano, nos hacía sentarnos en una silla y, a través de mediciones y rezos, realizaba el ritual», relata el director[reference:13].
La fama que traspasó fronteras: Pepa «La Galla»
Ninguna figura ilustra mejor el alcance del curanderismo en la comarca que Josefa Martínez Requena, conocida como la tía Pepa «La Galla». Natural de la pedanía de La Basca, en Beniel (Murcia), su fama trascendió lo local para convertirse en un fenómeno de alcance nacional en torno a 1864[reference:14][reference:15].
Pepa poseía una «medalla portento» con la imagen de la Virgen del Amor Hermoso, a través de la cual, según se decía, obtenía sus poderes. La prensa de la época —La Discusión, El Museo Universal o La Iberia— recogió el fenómeno: la curandera curaba enfermedades crónicas, devolvía la vista a los ciegos, enderezaba piernas torcidas, ponía en su lugar miembros dislocados e incluso hacía crecer el cabello[reference:16][reference:17]. La afluencia de enfermos fue tal que la Guardia Civil tuvo que intervenir para controlar las colas en su casa[reference:18]. Llegó a plantearse incluso la restauración de una ermita para venerar su medalla[reference:19].
Sin embargo, no todo fueron elogios. La Iglesia inició un expediente contra ella y acabó excomulgándola, mientras que algunos periódicos la tildaban de «embaucadora»[reference:20][reference:21]. Su historia, documentada por el cronista Antonio Botías y el académico Antonio Martínez Cerezo, es un ejemplo perfecto de la tensión entre la medicina académica, el poder religioso y la sabiduría popular que ha marcado la historia del curanderismo en la Vega Baja[reference:22].
La gramática de los rituales
Los rituales curativos seguían una estructura tripartita que se ha conservado durante siglos. Comenzaban con una invocación —la señal de la cruz y una plegaria a la Trinidad o a un santo—, seguían con un relato o conjuratorio que narraba un pasaje bíblico o sagrado como paralelo del mal a curar, y concluían con un mandato que ordenaba al mal salir del cuerpo del enfermo y dirigirse a un lugar donde no pudiera hacer daño[reference:23].
Los elementos eran sencillos pero cargados de simbolismo: agua, aceite, sal, un pañuelo, una cinta o un trozo de azabache para protegerse del mal de ojo[reference:24]. Para medir el empacho, por ejemplo, se utilizaba una cinta o piola con la que se medían tres codos —la extensión entre la mano y el codo de la persona sanadora— mientras se recitaba la oración correspondiente[reference:25]. En los ensalmos contra las verrugas, se hacían nudos en una hebra de esparto mientras el enfermo los chupaba con saliva[reference:26].
Estos gestos no se consideraban magia, sino «secretos» —conocimientos heredados que perdían su poder si se revelaban— y estaban sujetos a normas estrictas: solo podían transmitirse en días señalados como la Noche de San Juan o el Viernes Santo, y quien los practicaba no podía cobrar por ello, so pena de perder el don. Si se recibía algo, era como ofrenda voluntaria, nunca como pago.
La transmisión de un legado en peligro
Estos conocimientos no se encontraban en libros. El analfabetismo funcional de las generaciones pasadas hizo de la transmisión oral el único vehículo posible. De madres a hijas, de abuelos a nietos, los secretos se guardaban celosamente y se revelaban solo a quienes demostraban tener la «gracia» o el «don» necesario[reference:27].
Sin embargo, la profesionalización de la medicina, el éxodo rural y la industrialización han ido relegando estas prácticas al ámbito de la memoria. Como señala el investigador Josep Hernández Ortega, «la medicina natural tradicional es una de las grandes damnificadas a raíz de la evolución científica»[reference:28]. Los estudios etnográficos han tratado de recoger estos testimonios antes de que desaparezcan por completo, y obras como La Vega Mágica, de Marta Ruiz Hernández, han contribuido a fijar por escrito estas historias que forman parte del patrimonio inmaterial de la comarca[reference:29].
Un saber que persiste
Hoy, la figura del curandero en la Vega Baja es un eco de un mundo que se desvanece, pero no un recuerdo muerto. Documentales como Las medidoras, libros como los de Ricardo Montes Bernárdez —que ha estudiado la transición «del curandero al médico» en la región[reference:30]— y el trabajo de cronistas locales mantienen viva la llama de una tradición que, durante siglos, fue sistema de supervivencia, consuelo y cohesión social para los habitantes de la huerta[reference:31].
Conocer esta historia es comprender que la medicina no es solo ciencia, sino también cultura, fe y comunidad. Y que en los gestos de aquellas mujeres que medían un empacho con un pañuelo o susurraban un ensalmo al pie de la cama de un enfermo, late aún la memoria de una forma de habitar el mundo que merece ser recordada.
Fuentes utilizadas
- Hernández Ortega, Josep. «Una aproximación a la medicina popular en La Aparecida (Alicante)». Culturas Populares. Revista Electrónica 4, 2007.[reference:32]
- «Las medidoras», corto documental de Gustavo R. Cuneo (2024).[reference:33]
- «Quitar el mal de ojo, medir el empacho o sacar el sol de la cabeza, rituales que perviven en la Vega Baja». Información.es, 25 de octubre de 2024.[reference:34]
- Botías, Antonio. «La tía Pepa 'La Galla' tenía una 'medalla portento'». La Verdad, 1 de octubre de 2017.[reference:35]
- García, Santi. «La sorprendente historia de Pepa 'La Galla'». Murcia Plaza, 25 de julio de 2024.[reference:36]
- Montes Bernárdez, Ricardo. «Del curandero al médico. Historia de la medicina en la región de Murcia».[reference:37][reference:38]
- Ruiz Hernández, Marta. «La Vega Mágica. Más que un libro de leyendas de la Vega Baja del Segura».[reference:39]
- Martínez Cerezo, Antonio. «La Tía Pepa 'La Galla'». Revista Mvrgetana, 2017.[reference:40]
Artículo elaborado desde una perspectiva histórica y sociológica, con base en fuentes académicas, periodísticas y audiovisuales.
Rosa María González · Prompt engineer · Maquetador/Diseñador web
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