jueves, 30 de julio de 2026

In memoriam de Mañogil: El secreto

Ilustración del secreto que Larramendi conoció en las ruinas de Guardamar, 1830
🗝️ Ilustración del secreto que Larramendi conoció en las ruinas de Guardamar · Fuente: José Ramón


Las heridas del espantoso terremoto aún respiraban entre las ruinas de Guardamar. Allí donde días antes se alzaban casas, capillas y muros de piedra, no quedaban sino montones de cascajo, vigas quebradas y el silencio de quienes habían perdido demasiado para hallar consuelo en las palabras.

Don José Agustín de Larramendi Muguruza, enviado para reconocer el estado de la villa y asistir a sus moradores, había pasado la jornada escuchando desventuras. Mas ninguna conversación habría de turbar tanto su ánimo como la que sostuvo, ya entrada la noche, con el anciano sacerdote.

El templo permanecía apenas en pie. Una lámpara de aceite derramaba su temblorosa claridad sobre las piedras agrietadas. El presbítero, hombre de canas abundantes y rostro consumido por los ayunos, hizo ademán de cerrar la puerta principal y, después de asegurarse de que nadie rondaba por las inmediaciones, habló en voz tan queda que parecía temer ser oído por las mismas paredes.

—Señor Larramendi... cuanto vais a escuchar no ha de salir jamás de vuestra conciencia.

El funcionario inclinó la cabeza.

—Hablad sin recelo, padre.

El anciano dudó unos instantes.

—No es un secreto mío, sino de cuantos sacerdotes han servido esta parroquia desde los tiempos en que la villa fue fundada por mandato del rey don Alfonso, llamado el Sabio. Cada párroco lo recibió del anterior, siempre en el más estricto secreto.

Con mano temblorosa tomó una vieja llave de hierro. Descendieron por una escalinata tan estrecha que apenas permitía el paso de un hombre. Al fondo se abría un reducido sótano excavado en la roca, oculto tras un muro de mampostería.

En un rincón descansaba un pequeño arcón de madera ennegrecida por los siglos. Al levantar la tapa, apareció un envoltorio confeccionado con una antigua piel de ternero, endurecida por el tiempo y atada con correas casi deshechas.

El sacerdote retiró lentamente las ataduras.

La primera pieza que mostró fue una espada curva de extraordinaria hechura. Su hoja conservaba un brillo extraño, inmune al óxido y al abandono, como si el tiempo hubiese respetado un metal desconocido para los herreros de aquellos siglos. La empuñadura aparecía cuajada de piedras preciosas, algunas verdes como el mar, otras rojas como la sangre recién vertida.

—Dicen los antiguos —murmuró el sacerdote— que perteneció a los mercaderes y príncipes venidos de Oriente, aquellos a quienes hoy llaman fenicios.

Junto a ella descansaba una copa magnífica, trabajada con delicadas incrustaciones de oro, plata y pequeñas gemas. El interior reflejaba la luz de la lámpara con un fulgor casi sobrenatural.

—Sobre esta copa —prosiguió— contaban nuestros mayores que se celebraban ritos antiquísimos, mucho antes de que la Cruz alumbrase estas tierras.

Por último extendió varias monedas de plata ennegrecidas por los siglos. En todas ellas podía distinguirse, aunque gastada, la representación de la diosa Tanit, acompañada de inscripciones incomprensibles para ambos.

Larramendi contempló aquellas reliquias sin pronunciar palabra.

—¿Cómo llegaron aquí?

—Nadie lo sabe con certeza. Sólo sé cuanto me enseñó mi antecesor, y a éste el suyo. Desde la fundación de la villa permanecieron ocultas en este escondrijo, para que la codicia de los hombres ni las supersticiones del vulgo las alcanzasen.

El anciano sacerdote guardó silencio largo rato. Después añadió, con voz aún más apagada:

—Pero el terremoto... ha cambiado mi corazón.

Larramendi levantó la vista.

—¿Qué queréis decir?

—Desde que la tierra rugió y sepultó tantas almas inocentes, no logro apartar de mi espíritu un pensamiento que me atormenta. Tal vez sea ignorancia; quizá simple superstición de viejo... mas temo que estos antiguos ornamentos constituyan per se alguna suerte de maldad…

📖 En memoria de D. José Mañogil, quien me mostró, cuando comencé el BUP, dos falcatas ibéricas, una de ellas en perfecto estado, y mi cerebro comenzó a trabajar...


Entrada publicada en La sección Historia · 30 de julio de 2026

Rosa María González · Prompt engineer · Maquetador/Diseñador web



Las heridas del espantoso terremoto aún respiraban entre las ruinas de Guardamar. Allí donde días antes se alzaban casas, capillas y muros de piedra, no quedaban sino montones de cascajo, vigas quebradas y el silencio de quienes habían perdido demasiado para hallar consuelo en las palabras.

Don José Agustín de Larramendi Muguruza, enviado para reconocer el estado de la villa y asistir a sus moradores, había pasado la jornada escuchando desventuras. Mas ninguna conversación habría de turbar tanto su ánimo como la que sostuvo, ya entrada la noche, con el anciano sacerdote.

El templo permanecía apenas en pie. Una lámpara de aceite derramaba su temblorosa claridad sobre las piedras agrietadas. El presbítero, hombre de canas abundantes y rostro consumido por los ayunos, hizo ademán de cerrar la puerta principal y, después de asegurarse de que nadie rondaba por las inmediaciones, habló en voz tan queda que parecía temer ser oído por las mismas paredes.

—Señor Larramendi... cuanto vais a escuchar no ha de salir jamás de vuestra conciencia.

El funcionario inclinó la cabeza.

—Hablad sin recelo, padre.

El anciano dudó unos instantes.

—No es un secreto mío, sino de cuantos sacerdotes han servido esta parroquia desde los tiempos en que la villa fue fundada por mandato del rey don Alfonso, llamado el Sabio. Cada párroco lo recibió del anterior, siempre en el más estricto secreto.

Con mano temblorosa tomó una vieja llave de hierro. Descendieron por una escalinata tan estrecha que apenas permitía el paso de un hombre. Al fondo se abría un reducido sótano excavado en la roca, oculto tras un muro de mampostería.

En un rincón descansaba un pequeño arcón de madera ennegrecida por los siglos. Al levantar la tapa, apareció un envoltorio confeccionado con una antigua piel de ternero, endurecida por el tiempo y atada con correas casi deshechas.

El sacerdote retiró lentamente las ataduras.

La primera pieza que mostró fue una espada curva de extraordinaria hechura. Su hoja conservaba un brillo extraño, inmune al óxido y al abandono, como si el tiempo hubiese respetado un metal desconocido para los herreros de aquellos siglos. La empuñadura aparecía cuajada de piedras preciosas, algunas verdes como el mar, otras rojas como la sangre recién vertida.

—Dicen los antiguos —murmuró el sacerdote— que perteneció a los mercaderes y príncipes venidos de Oriente, aquellos a quienes hoy llaman fenicios.

Junto a ella descansaba una copa magnífica, trabajada con delicadas incrustaciones de oro, plata y pequeñas gemas. El interior reflejaba la luz de la lámpara con un fulgor casi sobrenatural.

—Sobre esta copa —prosiguió— contaban nuestros mayores que se celebraban ritos antiquísimos, mucho antes de que la Cruz alumbrase estas tierras.

Por último extendió varias monedas de plata ennegrecidas por los siglos. En todas ellas podía distinguirse, aunque gastada, la representación de la diosa Tanit, acompañada de inscripciones incomprensibles para ambos.

Larramendi contempló aquellas reliquias sin pronunciar palabra.

—¿Cómo llegaron aquí?

—Nadie lo sabe con certeza. Sólo sé cuanto me enseñó mi antecesor, y a éste el suyo. Desde la fundación de la villa permanecieron ocultas en este escondrijo, para que la codicia de los hombres ni las supersticiones del vulgo las alcanzasen.

El anciano sacerdote guardó silencio largo rato. Después añadió, con voz aún más apagada:

—Pero el terremoto... ha cambiado mi corazón.

Larramendi levantó la vista.

—¿Qué queréis decir?

—Desde que la tierra rugió y sepultó tantas almas inocentes, no logro apartar de mi espíritu un pensamiento que me atormenta. Tal vez sea ignorancia; quizá simple superstición de viejo... mas temo que estos antiguos ornamentos constituyan per se alguna suerte de maldad…

📖 En memoria de D. José Mañogil, quien me mostró, cuando comencé el BUP, dos falcatas ibéricas, una de ellas en perfecto estado, y mi cerebro comenzó a trabajar...


Entrada publicada en La sección leyendas· 30 de julio de 2026

Rosa María González · Prompt engineer · Maquetador/Diseñador web

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