Leyenda Popular · Siglo XVI
La Leyenda de Torrevieja
El Cuento de Felipe II
Aún siendo muy severo el gran rey Felipe II, tenía tiempo de visitar a los necesitados de su reino y repartir entre ellos la limosna que necesitaban.
Por supuesto de incógnito, para que sus súbditos no supieran de sus debilidades, se hacía disfrazar de pobre vagabundo que compartía lo poco que tenía con los demás para no levantar sospechas.
Quiso el azar que un día acudiera a pasar por delante de una casa en la que habitaban un matrimonio y sus tres hijos. Siendo el más pequeño de dos meses y que aún no estaba bautizado.
El rey les interrogó sobre el nombre del niño y estos le contestaron que no lo tenía porque aún no se había posado sobre él la mano de Dios.
El monarca, sorprendido, les preguntó por el motivo.
Y ellos le dijeron que todo era porque el cura del pueblo se había negado a bautizarle. Ya que ellos eran tan pobres que no disponían de ningún bien con el que poder satisfacer las ansias de riqueza de aquel malévolo cura. Y añadieron que el niño tampoco disponía de padrinos porque los que les rodeaban eran tan pobres que tampoco podían permitírselo.
Entonces el rey les dio dinero para poder comprar un traje con el que acristianar al niño y les dijo:
«Id mañana a donde el cura que allí hallaréis a vuestros padrinos.»
Fueron al día siguiente a bautizar al niño y se encontraron con que la promesa del vagabundo se había cumplido: tuvieron ante sus ojos a padrino y padrina, que no eran otros que sus majestades disfrazadas.
El cura bautizó al niño y preguntó al padrino cuál era su nombre.
—Felipe —respondió.
El cura le volvió a preguntar:
—¿Y el apellido?
—Me dicen que «Felipe II».
Entonces el cura se atrevió a mirar al hombre de frente y lo reconoció. Acto seguido se desplomó sobre el suelo porque adivinó lo que debía de pasarle, ya que conocía de la severidad del rey.
La lección
La leyenda, recogida por Antonia Gómez Andreu en 1979, nos habla de un rey que, pese a su fama de rigor, no olvidaba a los más humildes de su reino. Y de un cura que, por codicia, estuvo a punto de condenar al limbo a un alma inocente. En Torrevieja, como en todo el reino, la justicia divina —y la real— tenía modos inesperados de manifestarse.
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