⚙️ Los hombres de la bruma y el hierro
Dedicado a cuantos participaron en su construcción y me contaron sus vivencias
Por: José Ramón Pérez Aldeguer
El levante de 1962 azotaba con furia la costa de Guardamar del Segura, un latigazo salitre que arrancaba las escamas a las barcas de los pescadores y sacudía las persianas de cañizo. El cielo plomizo de la España de los sesenta se tragaba el horizonte, pero allí, en el paraje solitario de El Moncayo, la tierra gemía bajo el peso de un coloso invisible que la historia de la Guerra Fría estaba a punto de parir.
🪶 La llegada de los hombres de piel cobriza
En la plaza del pueblo, donde las bombillas amarillas de las tabernas parpadeaban con la humedad, el aire olía a miedo y a tabaco de picadura. Un viejo Chevrolet militar levantó una polvareda de arena y se detuvo con un chirrido seco frente al bar de Manolin. De la parte trasera bajaron varios hombres con la piel curtida por soles ancestrales, abrigados con chaquetas descoloridas y con la dignidad grabada en las arrugas de la cara. Eran indios navajos, reclutados en las reservas de Arizona y Nuevo México por la Armada estadounidense para la obra más demencial de Europa: levantar el mástil de radio más alto del continente, una aguja de acero de casi cuatrocientos metros clavada en el corazón de la huerta alicantina.
—¿De dónde han sacado a esos demonios de piel cobriza? —escupió en voz baja Manolin, secando un vaso mugriento con un trapo ajado—. No hablan ni una palabra de cristiano. Solo miran el cielo como si el pueblo les estorbase.
Maruja, asomada al quicio de la puerta con un chal negro sobre los hombros, se cruzó de manos, con los ojos anegados de una superstición antigua.
—Dicen que no pisan el suelo como nosotros porque sus dioses viven en las nubes. A mí me estremece verles caminar. Tienen paso de sombra.
🏗️ La danza del acero y el viento
Y era verdad. Al día siguiente, bajo una estructura colosal de tubos metálicos que se perdía en la bruma, los navajos no utilizaban los arneses modernos de la época; confiaban en nudos marineros heredados de sus antepasados del desierto y en una agilidad que desafiaba la gravedad.
Tash, un joven de mandíbula cuadrada y mirada de halcón, se ató una gruesa cuerda de cáñamo a la cintura. Miró hacia arriba, donde el viento aullaba como una jauría. No hizo falta traducción. El capataz americano gritó una orden en un inglés seco, y Tash comenzó a trepar a pelo por el entramado helado. Desde abajo, los obreros españoles y los vecinos del pueblo se congregaron en silencio, conteniendo la respiración, con los ojos clavados en el vacío.
A cien metros de altura, las ráfagas sacudieron el metal con violencia sorda. Tash se detuvo, aferrado al hierro con los nudillos blancos. Cerró los ojos. Su respiración se fundió con el silbido del vendaval. De su garganta brotó un cántico profundo, gutural, un rezo cantado en su lengua nativa, incomprensible para los oídos de Guardamar, pero cargado de una fuerza atávica que parecía ordenar al viento que se calmara.
Abajo, Vicente, un constructor local, palideció y se llevó la mano al pecho.
—¡Dios bendito! ¿Oyen eso? Parece un lamento del otro mundo... Si un hombre resbala ahí arriba, no queda ni rastro.
Manuel el Ñoro, un viejo pescador de manos nudosas, se quedó con la boca abierta, fascinado a pesar del terror que le helaba la sangre.
—No cantan por miedo, Vicente... cantan para domar a la bestia de hierro. Esos hombres no le temen a la altura porque ya han volado antes.
🤝 El lenguaje de las manos y del hambre
La desconfianza entre el pueblo y los extranjeros se cortaba con cuchillo, hasta que una noche de marea baja, el fuego de un campamento provisional rompió la rutina. La tía Encarna, una anciana de rodillas fuertes y corazón ancho, rompió el cerco de la timidez vecinal. Se acercó cargando una cazuela de barro humeante con guiso de patatas y cordero. Se la tendió en silencio a una mujer navajo que estaba sentada junto al fuego, remendando una lona gruesa con una aguja de arriero.
La tía Encarna señaló la cazuela y luego el pecho, frotándose los brazos para simular el frío. La mujer navajo la miró, desconfiada al principio. Luego, al ver el vapor del guiso, su rostro se suavizó en una sonrisa sobria. Aceptó el cuenco con ambas manos. No hablaban el mismo idioma, pero el lenguaje de las manos y del hambre era idéntico en los dos extremos del planeta.
—El hierro es igual en todas partes... Duele igual en el desierto y junto al mar —murmuró la navaja en su lengua, con una voz áspera y cálida a la vez.
La tía Encarna asintió, comprendiendo sin entender.
🌅 El hierro que unió dos mundos
Los meses pasaron como soplos de levante. El metal creció, devorando nubes y desafiando tormentas.
A finales de 1964, la Torre de los Americanos se alzó triunfante, cortando el cielo de Guardamar con su esbelta silueta de vértigo. En la cúspide, el último perno fue apretado por manos mixtas: el acero unió lo que la distancia había separado. Ya no importaban las lenguas muertas ni las sospechas del régimen; sentados en lo más alto del mundo conocido, un trabajador navajo y un operario alicantino compartieron en silencio un cigarro arrugado y un trago de vino de bota, mirando el mar inmenso que se extendía a sus pies.
🗣️ Los navajos se marcharon poco después, cuando el último cable quedó tensado y el zumbido de los equipos empezó a latir en la noche. Pero desde aquel día, el horizonte de Guardamar cambió para siempre.
La torre sigue allí, vigilante y solitaria entre las dunas. Y los viejos del lugar todavía juran que, en las noches de fuerte levante, cuando el metal ruge, el eco de aquellos hombres del desierto vuelve a trepar por los cables, buscando el infinito.
🙏 Dedicado a cuantos participaron en su construcción y me contaron sus vivencias. Que la memoria de aquellos hombres de la bruma y el hierro no se pierda en el olvido.
Entrada publicada en La sección Historia · 31 de julio de 2026
Rosa María González · Prompt engineer · Maquetador/Diseñador web
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