🌞 Los días de nuestra infancia
... Y si hay un recuerdo que resume aquellos veranos, ése es el olor a verano.
Por: José Ramón · Javier · Juan · Teresa · Rosa
🌊 José Ramón
Por la mañana pasaba la señora de la zaranda, y vendían los peces aún vivos. Con una habilidad extraordinaria hacía bailar el tamiz mientras los mantenía en movimiento, anunciando su trabajo con aquellos pregones que aún resuenan en la memoria de los mayores:
—¡Rech i mabre gordo de freír barato...!
Aquellas palabras, casi incomprensibles para quien no las vivió, eran parte inseparable del paisaje sonoro de Guardamar.
Cuando el sol caía a plomo sobre las calles encaladas y el aire parecía detenerse, las mujeres salían con la escoba de palma a barrer cuidadosamente la acera y el trozo de calle frente a la fachada. Después llegaba el baldeo. El agua corría lentamente sobre las baldosas, apagando el polvo y dejando ese olor inconfundible de tierra mojada que todavía hoy despierta la infancia de muchos. Unos minutos después, el suelo estaba fresco y allí mismo se extendían esteras o simplemente una manta. A la sombra de la casa, apoyados en el suelo todavía húmedo, comenzaban aquellas siestas al aire libre. No existía el aire acondicionado; el pueblo entero era una gran familia que compartía el fresco de la calle.
Las puertas permanecían abiertas de par en par. Nadie cerraba con llave. Los vecinos entraban y salían de una casa a otra con la misma naturalidad con la que hoy se consulta una pantalla. Si faltaba un poco de sal, un tomate o una silla para una visita inesperada, bastaba cruzar el umbral. Los niños éramos hijos de todas las madres, y las madres cuidaban de todos los niños. Aquella confianza absoluta era el mayor patrimonio del pueblo y quizá el más difícil de recuperar.
Mientras los mayores dormitaban o conversaban en voz baja, la calma era interrumpida por ecos que formaban parte de la entrañable banda sonora del verano. A lo lejos se escuchaba al garbancero, arrastrando su carrito por las esquinas:
—¡Hay torrat... chufitas y avellanas...!
Aquel grito tenía el poder de despertar a medio barrio. El aroma de los garbanzos tostados, de las pipas y de las avellanas recién calientes se mezclaba con el perfume del jazmín que trepaba por los patios.
Y de pronto, rompiendo definitivamente cualquier intento de tregua, llegaba desde el final de la calle la voz poderosa de la vendedora de las viñas de las Marinas:
—¡Hay raïm valensi...!
Procedía de aquellas inmensas dunas donde durante generaciones crecieron viñedos que hoy casi nadie recuerda. Aquella variedad, conocida popularmente como raïm valensi, prácticamente desapareció con el paso de los años, llevándose consigo un paisaje agrícola que durante siglos convivió con la arena y el mar.
La mujer pesaba los racimos en aquellas balanzas de brazos desiguales que requerían una precisión admirable. Bastaba mover unos gramos las pesas para equilibrar el fiel. Todo parecía sencillo cuando lo hacían ellas, aunque cualquiera que lo intentara comprendía enseguida que era un oficio aprendido durante toda una vida.
Los niños apenas conocíamos la palabra aburrimiento. Las canicas dibujaban pequeños hoyos en la tierra de las calles. Había auténticos campeones capaces de golpear una bola desde varios metros con una puntería asombrosa. Otros organizaban interminables partidos de pelota contra las fachadas, mientras las niñas llenaban la calzada del ritmo constante de la comba y de cantinelas que parecían no tener fin. No hacían falta juguetes complejos. Bastaban una cuerda, unas canicas, una pelota de goma o la imaginación para convertir cualquier rincón en el mejor de los mundos.
Al caer la tarde aparecía uno de los momentos más esperados: el heladero. El sonido de su bocina hacía brotar a los niños de las casas como por encanto. Entonces llegaban el chambi helado, tan sencillo como delicioso, y aquellos inolvidables cortes de helado entre barquillos, que se derretían lentamente mientras procurábamos que ni una sola gota escapara entre los dedos.
Y cuando el calor aflojaba definitivamente, muchas noches terminaban en el cine de verano. Bajo un cielo cuajado de estrellas, con el perfume de los pinos y del mar fundiéndose en el ambiente, las sillas de madera se alineaban frente a la gran pantalla blanca. Las películas comenzaban mientras algún niño seguía correteando por los pasillos y los mayores comentaban en voz baja las escenas. No había mejor techo que la bóveda celeste ni mejor ventilador que la brisa mansa del Mediterráneo.
Aquél era un Guardamar donde nadie preguntaba si podía entrar en una casa, porque todas eran un poco de todos; donde los vecinos compartían alegrías y fatigas como si pertenecieran a una misma sangre; donde las calles eran el salón común del pueblo y los niños crecían arropados por decenas de ojos que los custodiaban.
Quizá la verdadera riqueza de aquel Guardamar no residía en sus edificios ni en sus paisajes, sino en una forma de vivir esculpida en la confianza, la cercanía y la fraternidad. Una manera de entender la convivencia que hoy nos parece extraordinaria, precisamente porque entonces era lo más normal del mundo.
🍇 Javier
... el vendedor que aparecía de vez en cuando que venían de otras provincias cercanas y vendían "arrope i tallaetes". Se trataba de fruta que hervían en zumo de uva o mosto hasta que este se reducía por completo y quedaban como trozos de fruta ennegrecida y dulce que servía de postre.
🌲 Juan
...y cuando bajabas desde la carretera general a la playa, el olor entremezclado a pino, eucalipto y a yodo de la posidonia del último temporal de levante. Y los carros de mulas, y hasta de vacas que llegaban por San Cristóbal hasta la playa del Miramar para instalar por unos días los chamizos de cañas... y la abuela con un vestido como bañador...
"Javi, el arrope y tallaetes también se hacía hirviendo el opérculo de los panales de la colmena y la fruta (calabaza, pera o membrillo) se le añadía después de tenerla un tiempo en cal y se la dejaba macerar en el arrope hasta Todos los Santos: ¡Arrope y calabasaaaaate! -se desgañitaba el tío del blusón huertano. Y, más historias..."
Muy bien, mis bien queridos chicones, que recordemos con tanta intensidad los días del pasado. Estamos haciendo lo que dice un poeta franchute o gabacho: "De souvenirs mon âme est pleine" y también un otro sudaca o latino: "El olvido está lleno de memoria." Yo, unos años mayor que vosotros, tengo la memoria llena de olores a salitre y brea de los calafates de Torrevieja, y aún más intensos (como ya os he dicho) los de pino, eucalipto y yodo de Guardamar. E imágenes de las primeras habaneras frente al Club Náutico, y de los juegos en la playa bajo el sombraje del Miramar.
Pero también tengo en la memoria tipos, que habéis mencionado, como el afilador, los heladeros o los vendedores de arrope, junto a otros como el tío Rajea (de ratyá) con su carretilla anunciando al amanecer:
"¡Musoooola y rajeeeea!"
Me pregunto a qué hora saldría el pobrete de Torrevieja para llegar hasta mi aldea, a 15 km, con aquel traqueteante carretón. O bien, al tío Belén con su no menos humilde carro y borrico con un cargamento de platos y vasos que cambiaba por alpargatas viejas y trapos; o el también clásico:
"El afiladooor y paraguuuuero: se afilan cuchillos, tijeras, se arreglan cacharros de porcelana!"
Y hasta el circo ambulante donde ofrecían números de trapecio, de equilibrista y de cabra subida a una silla al son de la trompeta y el tamboril... bajo una carpa que se caía a pedazos, por tan sólo una peseta. Y tantos tipos y tipos, pantalones y faldas remendados que pasaban a nuestro lado mientras jugábamos a las bolas (canicas para los finolis), a la trompa, o a batallas del Capitán Trueno con espadas forjadas por nosotros con cañas del río.
Perdonad si he puesto una nota un poco oscura a nuestra memoria llena de olvido. Buenas tardes, bona vesprada.
🌸 Teresa
Envuelto en una servilleta de papel de aquellas casi transparentes. Ahí estaban los Pegos pregonando:
"¡Hay horchata y limón helado, agua de ssssebadaaaa!"
Despertando nuestras siestas obligadas. Aquí pasaba la "rosiaera" por las tardes, la del "pollopera". Esa era la señal para sacar el "corsiol" que mi abuela ponía en el patio a solear para que el agua estuviera tibia. Nos lavábamos la cara, las manos y lo último los pies. Jugábamos a tirarnos el agua con la lama ante los gritos de mi abuela que no podía con aquel desperdicio de agua.
Algunas palabras solo os sonarán a aquellos que vivimos esos veranos de moscas y coyotes, de playa del Sequion, de abuela con olor a sal y esa felicidad completa de la inocencia infantil.
👧 Rosa
Quién puede olvidar aquellos veranos, esos que no empezaban en una fecha concreta, sino el día en que la casa olía por primera vez a salitre, a vino con casera y a lana guardada con alcanfor. Éramos niños y niñas de pies descalzos y rodillas desolladas. Hijos de una tierra donde el sol nos ennegrecía, pero nos regalaba tardes infinitas que olían a pino, a azahar y a mar.
Me llegan los recuerdos pegados al murmullo del agua y al canto de las chicharras de la pinada. Esa sensación de no conocer la prisa. El tiempo se medía por la largura de las sombras sobre la tierra batida, sin alcantarillados ni alquitrán. Salíamos a la calle con un mendrugo de pan con aceite y sal, o un pedazo de tomate abierto a la mitad, y el día era eterno.
La felicidad era un universo transparente y salado. Caminábamos entre dunas gigantescas que parecían montañas, sintiendo la arena arder bajo los talones hasta alcanzar la orilla. Allí nos sumergíamos hasta que los dedos se nos arrugaban como uvas pasas y los labios se nos ponían morados. Olíamos a yodo, a alga secada al sol y a la crema de lata azul Nivea que nuestras madres nos untaban en los hombros con una devoción infinita.
Al caer la tarde, el paisaje cambiaba de piel. Las salinas a lo lejos se volvían espejos de tono rosa y violeta, y la brisa traía ese olor único, denso y balsámico, de los pinares respirando tras el sofoco del día. Era el momento de volver a las calles de casas bajas y fachadas anchas, donde los vecinos ya habían sacado las sillas de mimbre a la puerta. Las mujeres cosían o ensartaban las ñoras, mientras los hombres hablaban con voz pausada, haciéndose escuchar, saboreando el aire fresco que subía de la huerta. Nosotros apurábamos las últimas luces jugando a las "bolicas" o canicas (los finos), al escondite o a buscar conchas pulidas por las olas, si estábamos todavía en la playa, guardándolas en los bolsillos como si fueran tesoros de un galeón hundido.
El día terminaba con el sonido del agua cayendo de una manguera sobre el suelo del patio de casa, envolviéndonos con el aroma a jazmín que inundaba la noche. Nos dormíamos con la piel tirante por el sol, la frente tibia y la certeza absoluta de que el mañana sería exactamente igual de luminoso. Era una vida sencilla, de tierra y agua, cuando ser niño era solo tener los pies llenos de arena y el corazón lleno de alegría.
Entrada publicada en La sección Historias · 3 de agosto de 2026
Rosa María González · Prompt engineer · Maquetador/Diseñador web
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