Guerra de los Dos Pedros · 1359
El asedio de Guardamar
Julio de 1359
Representación del asedio de Guardamar durante la Guerra de los Dos Pedros
En el verano de 1359, una expedición naval castellano-genovesa se presentó frente a Guardamar del Segura. Lo que comenzó como un asedio prometedor terminó en desastre por obra de un temporal que cambió el curso de la campaña.
¿Por qué «Guerra de los Dos Pedros»?
La tradición historiográfica denomina así al conflicto —que enfrentó a la Corona de Aragón y el reino de Castilla entre 1356 y 1375— por los dos monarcas homónimos que lo protagonizaron: Pedro IV de Aragón (el Ceremonioso, 1336-1387) y Pedro I de Castilla (el Cruel, o el Justiciero según la versión, 1350-1369). No es una denominación estrictamente contemporánea, sino una etiqueta que los historiadores consolidaron por su claridad mnemotécnica.
En el contexto de esta guerra, la expedición marítima de Pedro I de Castilla llegó a la costa valenciana con una fuerza naval compuesta por la armada castellana —doce galeras— reforzada con seis galeras arrendadas a la República de Génova, además de otras embarcaciones auxiliares, según la reconstrucción moderna de la campaña.
El desembarco y el asedio
La flota se presentó frente a Guardamar a finales de junio y primeros días de julio de 1359. Las fuentes no consignan una hora exacta del desembarco o del inicio del asedio, pero sí que las galeras fondearon y la ciudad fue ocupada por fuerzas castellanas mientras el castillo quedaba defendido por Bernat de Cruïlles en nombre de la Corona de Aragón.
El temporal
Durante las jornadas en que la armada permaneció en la bahía, un temporal veraniego —descrito por las crónicas como un vendaval repentino propio del mes de julio— sorprendió a las naves fondeadas. Las obras contemporáneas y estudios modernos coinciden en que el temporal fue lo bastante violento como para volcar o deshacer numerosas galeras.
Las pérdidas
Las reconstrucciones más citadas hablan de pérdidas masivas entre las naves genovesas y castellanas, con sólo unas pocas embarcaciones (entre ellas la galera real castellana) logrando salvarse o ser reflotadas.
La cifra que aparece con más frecuencia es que la mayor parte de las seis galeras genovesas y varias de las galeras castellanas se perdieron o quedaron fuera de combate. Algunas reconstrucciones estiman la pérdida de entre 6 y 12 galeras, según cómo se interpreten los testimonios.
Las bajas humanas
Sobre las personas afectadas, las crónicas medievales no ofrecen conteos fiables de tripulaciones y pasajeros para cada galera. Una galera del siglo XIV solía embarcar entre 100 y 200 hombres (remeros, marineros y combatientes). Aplicando esas estimaciones a las galeras presuntamente perdidas, el número probable de afectados asciende a varios cientos, posiblemente entre 600 y 2.000 hombres en total en la flota castellano-genovesa.
Hubo centenares de muertos y numerosos prisioneros o sobrevivientes recogidos por naves que pudieron acudir al rescate o por desembarcos posteriores. Estas cifras son estimativas basadas en capacidades medias de las galeras medievales y en interpretaciones modernas de los daños relatados.
Consecuencia inmediata y retirada
La destrucción causada por el temporal obligó a Pedro I a renunciar a mantener la operación naval y a retirarse por vía terrestre, dejando la plaza costera. El castillo de Guardamar permaneció en manos aragonesas, y la campaña naval castellana perdió su empuje principal tras el desastre en la bahía.
La toma de Guardamar en 1360 y el castigo del Ceremonioso
El fracaso castellano de 1359 no cerró la cuenta. Al año siguiente, en 1360, los castellanos lograron lo que el temporal les había impedido: tomaron Guardamar. Esta nueva expedición formaba parte de una estrategia más ambiciosa que perseguía un objetivo claro: destruir el poder marítimo catalán en el Mediterráneo occidental.
Una alianza mediterránea contra la Corona de Aragón
Para esta campaña, Pedro I de Castilla tejió una red de alianzas que trascendía la península ibérica. Contó con el apoyo del Reino de Granada, la República de Génova —que ya había participado en la expedición anterior— y el Reino de Portugal. Una coalición que evidenciaba la dimensión internacional del conflicto y el temor que el expansionismo aragonés despertaba en las potencias mediterráneas.
A pesar de este respaldo, la empresa fracasó en sus objetivos principales: Valencia, Barcelona e Ibiza resistieron el asalto. La toma de Guardamar, aunque simbólica, no compensó el fracaso estratégico de la campaña.
La pérdida del título de Villa Real
La caída de Guardamar no pasó desapercibida para Pedro IV de Aragón, el Ceremonioso. El monarca interpretó la debilidad defensiva del enclave como una traición o, al menos, como una negligencia imperdonable. En castigo, le retiró al municipio la condición de Villa Real y su autonomía. Guardamar pasó a ser, desde ese momento, una aldea dependiente de Orihuela.
¿Qué significaba ser Villa Real?
El título de Villa Real implicaba jurisdicción propia, fuero municipal, autonomía administrativa y representación directa ante la Corona. Perderlo significaba quedar sometido al gobierno de una ciudad mayor —en este caso, Orihuela—, con la pérdida de privilegios fiscales, judiciales y comerciales. Era, en la práctica, una condena a la irrelevancia política.
Marginalidad, corsarios y el fracaso de la repoblación
La nueva situación dejó a Guardamar en una posición de extrema marginalidad. Sin autonomía, sin recursos propios y sin la protección que la condición de villa real le había otorgado, el enclave se convirtió en presa fácil para corsarios, roderos y contrabandistas que asolaban la costa levantina. La bahía que había sido escenario del desastre castellano se transformó en un refugio para la piratería.
Consciente del declive de la plaza, Pedro IV intentó paliar la situación con una repoblación morisca. La idea era atraer a pobladores musulmanes —probablemente mudéjares o recién convertidos— para revitalizar la economía local y reforzar la defensa del litoral. Sin embargo, el proyecto fracasó. Ya fuera por la falta de atractivo de un enclave empobrecido, por la resistencia de los nuevos colonos o por la continua inseguridad de la zona, Guardamar no logró recuperar el vigor perdido.
Una herida que no cicatrizó
El asedio de 1359 y la caída de 1360 marcaron el destino de Guardamar para siglos. De villa real a aldea sumisa, de enclave estratégico a costa abandonada, el castigo del Ceremonioso fue más duradero que cualquier temporal. La memoria de aquellos julios de guerra y destrucción quedó grabada en la identidad de un pueblo que, pese a todo, resistió sobre las dunas.
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📖 Guardamar: Tras el desastre de 1359-1360
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