🏛️ De cómo no conviene que vengan personalidades a Guardamar
"Cuando llega una personalidad, unos preparan la recepción, otros pronuncian los discursos... pero casi siempre son los humildes quienes terminan pagando la factura."
🏛️ Guardamar, villa de recepciones y desgracias · Illustration Prompter: Rosa
Relato enviado por: José Ramón
Contaban los mayores de Guardamar —y lo contaban con aquella gravedad que tienen las historias que, de tanto pasar de boca en boca, acaban adquiriendo más verdad que los propios documentos— que en esta villa nunca fueron del todo recomendables las visitas de las grandes personalidades.
No porque Guardamar fuese lugar inhóspito, Dios nos libre, sino porque parecía que, cada vez que algún personaje de alto copete se dignaba poner los pies en ella, algún humilde cristiano acababa pagando los gastos de la solemnidad.
👑 Alfonso XIII y la mano del carpintero
Y así sucedió, según cuentan, con la visita de Su Alteza Real don Alfonso XIII.
Preparábanse entonces los de la villa para recibir al monarca como correspondía a tan egregio huésped. Hubo preparativos, autoridades, uniformes, composturas, reverencias y, como no podía faltar, discursos.
Para estos menesteres se contrató a un carpintero, hombre trabajador y poco amigo de meterse en más historias que las que le proporcionaban el serrucho y la garlopa, para que levantase una tarima de madera donde las autoridades pudieran subir y echar sus correspondientes palabras al aire.
El hombre trabajaba afanosamente, clavando tablas y asegurando la plataforma, cuando quiso la mala fortuna —que suele tener más paciencia que la buena— que un clavo se le clavara en la mano.
Nada que en otro tiempo hubiera parecido motivo para llamar a la desgracia por su nombre.
Pero aquellos eran otros años. La medicina no tenía todavía los recursos de hoy y una herida que a nuestros ojos parece cosa de poca monta podía convertirse en sentencia.
La mano se infectó. Y lo que comenzó siendo un simple pinchazo terminó en tétanos. La ciencia de entonces no pudo hacer lo que hoy hacemos con una vacuna, un tratamiento adecuado y unas cuantas atenciones médicas. La infección avanzó y, finalmente, hubo que amputarle la mano.
De modo que mientras Su Alteza Real recibía honores sobre la tarima que aquel pobre hombre había construido, el carpintero, que había puesto la mano para que la ceremonia tuviera suelo, se quedó sin ella.
No deja de tener cierta justicia poética, aunque bastante cruel, que quien preparó el lugar para los discursos acabara pagando con su propia carne las exigencias de la solemnidad.
🚗 Franco, el coche blindado y el pie del entusiasta
Pero si aquella desgracia pudo atribuirse a la mala medicina y a la mala suerte, años después volvió Guardamar a demostrar que las grandes visitas y esta villa no siempre hacían buena pareja.
Y esta vez no fue un clavo. Fue un coche.
Corrían los años del Generalísimo Francisco Franco. El jefe del Estado se dirigía hacia Cartagena y la comitiva había de pasar por Torrevieja y continuar su camino.
En Guardamar se preparó la recepción con todo el aparato propio de aquellos tiempos. La iglesia permanecía con las puertas abiertas de par en par. En las inmediaciones se habían congregado las autoridades, las fuerzas vivas del régimen, uniformes, jerarquías y hombres que, por su cargo o por su entusiasmo, consideraban que no había acontecimiento pequeño cuando pasaba por delante un personaje grande.
Y allí estaban todos esperando. Esperando que el coche se detuviera. Aunque solo fuese un instante. Aunque fuese para que Su Excelencia inclinara ligeramente la cabeza. Aunque solo fuera para dejar constancia de que Guardamar había sido vista desde el automóvil.
Pero el automóvil pasó. Y pasó sin detenerse.
Aquello debió de producir en algunos corazones un desasosiego semejante al de quien prepara un banquete y ve al invitado ilustre continuar de largo sin siquiera mirar la mesa.
Entonces, llevado quizá por el entusiasmo, quizá por el sentido del deber, quizá por ese mal consejero que es la excesiva devoción cuando se mezcla con la precipitación, el jefe local de Falange se lanzó hacia la comitiva. Brazo en alto. Y viva en la garganta.
Quiso hacerse notar. Pero quiso hacerlo demasiado cerca.
Uno de los guardaespaldas, que viajaba montado en el estribo del coche oficial, vio acercarse a aquel hombre lanzado hacia el vehículo, gritando vivas y levantando el brazo. Y, como quien aparta de un manotazo aquello que considera una amenaza, lo empujó con fuerza.
El hombre perdió el equilibrio y cayó al suelo. Y aquí fue donde la mala fortuna, que al parecer tenía cierta afición por las visitas ilustres, volvió a hacer acto de presencia. Uno de sus pies quedó junto al bordillo, todavía en la calzada.
El automóvil blindado siguió su marcha. Y pasó por encima. El resultado fue terrible: el pie quedó destrozado y aquel hombre habría de quedar cojo de por vida.
De manera que el visitante ilustre siguió su camino hacia Cartagena y Guardamar volvió a quedarse con lo que, al parecer, mejor sabía conservar: el recuerdo de una desgracia.
🧠 La lección que los viejos guardamarencos nunca olvidaron
Primero fue un carpintero que perdió una mano haciendo la tarima para que otros hablaran. Después, un jefe de Falange que casi perdió un pie intentando que quien mandaba se detuviera.
Y uno no puede dejar de pensar que, en ambos casos, hubo algo que permaneció intacto: la tarima quedó puesta y la comitiva siguió adelante.
Quizá por eso los viejos de Guardamar, que tenían la sabiduría de quien ha visto pasar demasiados coches y demasiados personajes, solían contar estas historias con una media sonrisa. Porque habían aprendido una verdad que no figuraba en ningún protocolo: cuando llega una personalidad, unos preparan la recepción, otros pronuncian los discursos, otros levantan el brazo y otros esperan el aplauso. Pero casi siempre son los mismos, los humildes, quienes terminan pagando la factura.
Y si alguna enseñanza puede sacarse de aquellos dos sucesos, acaso sea ésta: no hay visita tan ilustre que justifique arriesgar una mano, un pie o la prudencia.
Porque los grandes personajes pasan. Las autoridades cambian. Las comitivas desaparecen por la carretera. Los discursos se los lleva el viento. Pero el carpintero se queda sin mano y el entusiasta, casi sin pie.
Y la historia, que tiene la costumbre de recordar lo que los discursos quisieran olvidar, acaba enseñándonos que más vale conservar las manos en el oficio, los pies en el suelo y la cabeza en su sitio que perderlos todos por hacer reverencias a quien quizá ni siquiera pensaba detenerse.
Rosa María González · Prompt engineer · Maquetador/Diseñador web
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