🌶️ El rojo de las ñoras y el cielo de Guardamar
Una noche de tormenta, el sereno, y el olor a trabajo y a huerta en la Vega Baja
Hay relatos que se cuecen a fuego lento, entre el sol de agosto y el olor a tierra mojada. El que hoy nos ocupa es uno de esos: una conversación tejida a varias voces entre José Ramón, Javier Montesinos, Juan Mora y Miguel, donde las ñoras —ese pimiento rojo tan característico de la huerta alicantina— son las auténticas protagonistas. Pero también lo son las tormentas, las carreras de madrugada, los eucaliptos melíferos y un paisaje que, aunque transformado, sigue latiendo en la memoria de quienes lo vivieron.
Acompañadnos en este paseo por el Guardamar de los años sesenta y setenta, cuando el rojo de las ñoras cubría las eras como un tapiz escarlata y el sereno era el encargado de dar la alarma. Son historias de esfuerzo, de solidaridad y de una vida que, aunque dura, se mira con la calidez de quien sabe que cada cosecha era un triunfo.

📖 José Ramón relata: «¡Una nube de verano en Guardamar!»
Corrían los años sesenta y setenta, cuando los colores de la vida se veían con más franqueza; todavía olía a trabajo, a sol y a huerta, y el pueblo entero amanecía convertido en un vistoso tapiz escarlata. En aquellos días, cuando llegaba la temporada de las ñoras, ¡Guardamar era una era gigante! Las entradas del pueblo, las aceras, los rincones y cualquier espacio donde pudiera pegar bien el sol se llenaban de aquel rojo intenso.
Las ñoras se extendían sobre el suelo para que el sol hiciera su trabajo. Eran pequeñas, pero daban mucha faena. Había que vigilarlas, darles la vuelta cuando tocaba y, sobre todo, mirar continuamente al cielo. Porque una nube negra en agosto podía echar por tierra días enteros de trabajo.
Y el problema no era solo que lloviera.
Las eras estaban rodeadas de piedras colocadas con cuidado para evitar que el agua de una tormenta arrastrara las ñoras cuesta abajo. Cada familia conocía perfectamente su montón y, aunque entre vecinos hubiera confianza, nadie quería levantarse al día siguiente y descubrir que sus ñoras habían terminado mezcladas con las del vecino camino de la playa.
Por eso, cuando el cielo empezaba a ponerse feo, todo el mundo tenía un ojo puesto en las ñoras y otro en las nubes.
Una de aquellas noches, serían las tres de la madrugada, el sereno recorría las calles haciendo su ronda. De pronto, su voz atravesó el silencio:
—¡Las tres y chispeando!
Aquello era mucho más que anunciar la hora. Era una señal de alarma.
Las casas empezaban a llenarse de movimiento. Los colchones parecían expulsar a la gente como perdigones: padres, abuelos, tíos y hasta los chavales más jóvenes salían medio vestidos, todavía dormidos, pero sabiendo perfectamente lo que tenían que hacer.
No había tiempo para discutir.
Fuera, los relámpagos iluminaban el cielo y los truenos hacían temblar las ventanas. Y allí estaba toda la familia, corriendo hacia la era para salvar el trabajo de meses.
Había que hacerlo rápido y bien.
Primero se juntaban las ñoras, formando montones. Después se cubrían a toda prisa con los sacos de yute. Había que colocar las piedras donde hiciera falta, contener el agua y procurar que aquella riada que empezaba a correr no se llevara por delante ni una sola ñora.
Y todo aquello se hacía en plena noche, bajo la tormenta, sin plásticos, sin invernaderos y sin las comodidades de ahora.
Hoy resulta difícil imaginarlo. Basta con pensar en una familia entera levantándose de madrugada porque alguien ha visto cuatro gotas en el cielo. Pero entonces no eran cuatro gotas. Eran el trabajo, el jornal y quizá parte de la comida de la casa.
Y cuando por fin pasaba la tormenta, todavía quedaba faena.
Las ñoras continuaban su proceso hasta quedar bien secas. Después llegaba el momento de prepararlas para conservarlas. Algunas se enristraban en bola: se iban cosiendo una a una por el pedúnculo con aguja e hilo de cáñamo, formando aquellas ristras que después podían verse en las cocinas como pequeños trofeos de una cosecha ganada a fuerza de sol, paciencia y vigilancia.
Otras veces había que despezonarlas, según el destino que tuvieran.
Así transcurría la vida en aquel Guardamar de entonces: trabajando cuando había que trabajar y corriendo cuando el cielo mandaba correr.
Porque allí se aprendía pronto que la huerta no entiende de horarios. Puedes acostarte tranquilo y levantarte tres horas después porque el sereno ha gritado que está chispeando. Puedes pasar semanas cuidando una cosecha y perderla en una tormenta. Y puedes estar muerto de sueño, pero cuando escuchas las primeras gotas sabes que toca levantarse.
Después, quizá alguien recordaría aquella noche entre risas:
—¿Te acuerdas de aquella tormenta?
—¡Cómo no me voy a acordar! Casi me dejo los riñones recogiendo ñoras.
Así era la vida.
Un poco de sol, mucho trabajo, alguna carrera bajo la lluvia y, si había suerte, una buena cosecha.
Y mientras hoy las cubiertas de plástico protegen cómodamente los cultivos, aquellos hombres y mujeres de Guardamar tenían por techo el cielo y por seguro la experiencia. Sabían leer una nube, reconocer el viento y calcular, casi sin equivocarse, cuándo había que correr.
Porque cuando se trataba de las ñoras, entre quedarse en la cama y salir a salvarlas, nadie necesitaba pensárselo demasiado.
El sueño podía esperar.
Las ñoras, no.
🗣️ Las voces de la memoria
Javier Montesinos cuenta:
Yo tengo dos recuerdos sobre este tema de las ñoras. Uno es de cuando yo tenía 7 u 8 años. Mi casa era la última del pueblo y estaba rodeada de eras donde se extendían las ñoras para su apertura y secado. Esa labor la realizaban mujeres vestidas con faldas largas hasta los pies, camisas anchas y sombreros en la cabeza, con pañuelos atados a estos sombreros o cubriéndoles la cabeza.
Se sentaban una junto a otra en el suelo e iban abriendo con las manos las ñoras que se quedaban extendidas en la era para su secado. En más de una ocasión me ponía junto a ellas en la fila y abría ñoras, una labor que extrañaba que realizara un chico, pero así la aprendí; yo no tenía ningún reparo en realizar esa tarea y me divertía.
El otro recuerdo fue ya de más mayor, en el año 1978. Mi suegro tenía ñoras extendidas en la era secándose y celebrábamos la boda de una de sus hijas. Cuando estábamos en los postres comenzó a llover y me tocó acompañarlo a recoger todas las ñoras. Claro está que nos «chopamos» totalmente.
Todo ese trabajo, tanto el de las mujeres soportando horas sentadas y soleándose como las labores de transportar y extender, así como el de cuidar el secado o confeccionar las «ristras» de ñoras, eran labores impagables, aunque se sabe que quien un año cosechaba ñoras podía salvar algo la economía de la casa durante ese año e incluso realizar algún gasto especial.
Juan Mora amplía:
El eucalipto es muy melífero, pero no sé qué variedad. Javier lo sabrá.
JR, hace unos años estuve en la Feria Alicante Gastronómica. Había un estand que solo tenía ñoras: el de Guardamar y con denominación de origen. En la Vega se decía: «Para melones, los salares de San Fulgencio; y para ñoras, Guardamar». A mi pueblo se le reconocían «los melones de agua».
Y así, un pueblo tras otro tenía su cultivo emblemático.
No recuerdo que Torrevieja tuviese fruto emblemático alguno. Los llanos y colinas que rodean la ciudad cosechaban olivos, almendros y algún que otro algarrobo. El resto, tomillos y más tomillos. Recuerdo que mi padre decía: «Torrevieja huele a tomillo nada más entrar en el pueblo». Y remataba diciendo que «los de Torrevieja cocinan con tomillo porque no tienen gramizas ni leña». Recuerdo los alrededores del instituto y todo San Luis dominados por un extenso tomillar, antes de que eso que llaman progreso los convirtiese en «chaletes y bungalós» (¡vaya palabros!) para cimentar la sociedad del bienestar, tan nombrada por políticos de uno y otro color.
¡Qué diferente Guardamar! Se pueden distinguir tres partes muy definidas...
Responde Javier Montesinos:
Aún quedan algunos tomillos en los pocos solares que quedan sin construir en los alrededores del nuevo instituto y del hospital Quirón, junto a palmitos con cuyas hojas se fabricaban escobas. Y en la entrada norte, en la «cuña de terreno» que queda junto a eso que pretendía ser la proa de un barco en la que, por cierto, tuvo mucho que ver nuestro amigo y compañero Mariano Galant (q. e. p. d.), cuyos proyectos para Torrevieja se quedaron en el cajón.
En cuanto a los «eucaliptos melíferos», los más conocidos por aquí son el eucalipto rojo (Eucalyptus camaldulensis) y el eucalipto azul o blanco (Eucalyptus globulus). Aunque el más importante es el Eucalyptus melliodora, que no hay por aquí y se encuentra en Australia.
Miguel se suma:
Antiguamente, la agricultura de Torrevieja era más bien de secano. Había muy pocos pozos en los que el agua no tuviera una salinidad bastante alta.
Se solían plantar cebollas, bajocas y habas. Las lluvias eran bastante regulares (de los años 30 a los 60). El único cereal que se plantaba era la cebada, pues el trigo no resistía la brisa salina del cercano mar (zona del Torrejón). Se hacían tortas de sebá (cebada) en vez de pan durante la Guerra Civil, cuando escaseaba el trigo, es decir, cuando escaseaba la harina. También se plantaban tomates y, escasamente, melones.
Juan prosigue:
El Campico por el sur. Antes, lomas como el Moncayo y llanos de pinos y bosque mediterráneo con olivos, algarrobos, almendros y poco más hasta la laguna de La Mata. Ahora, los agrios (limoneros sobre todo) y los bungalows dominan.
Por el este, desde el monte hasta la mar. Antes: cepas de una más que dulce uva moscatel, higueras y un huerto solitario de limoneros. Ahora: una construcción tras otra.
Del Moncayo y La Pipa hacia el oeste. Antes: pequeñas ramblas de este a oeste hasta el río con tal cantidad de fósiles (almejas y ostras, sobre todo) que se podían depredar a capazos. Ahora: pequeños bancales escalonados donde se cultivan las ñoras más orondas que conozco. Supongo que son las que se emplean para la denominación de origen.
Pues, llegado a este punto, JR, te contaré cómo salvaban a las ñoras mis paisanos de las aguas de la tormenta: simplemente colocándolas para el secado en zarzos de caña. Con las primeras gotas colocaban un zarzo encima de otro y le echaban la lona. Esto era el secado para la venta.
Para el consumo familiar era como tú has contado. Yo ayudaba a mi abuela a ensartarlas en un hilo palomar por el pedúnculo con una aguja colchonera. Después se colgaban bajo el voladizo del tejado o en la sala y se dejaban secar.
Pero mi padre decía que los de Guardamar las secaban mejor porque las extendían («escampaban», decía) sobre las arenas de las dunas. Eso decía mi padre, que había estado en el frente de Teruel y luego en África, y fue agricultor antes que apicultor.
Ya seguiré otro día. Bona nit.
Miguel matiza:
La tierra tampoco acompañaba mucho, pues era muy pedregosa, más bien para el cultivo de la vid (variedad moscatel romano) con la que se elaboraba el famoso vino de La Mata: dulce, algo ácido y embocado.
De arbolado, el garrofero, para hacer chocolate con el fruto y a la vez como comida (garrofas también) para las caballerías.
Otro árbol: la higuera, bien adaptado al terreno.
Una agricultura, excepto por la uva y poco más, de autoconsumo, puesto que no acompañaban ni el agua ni la feracidad de la tierra.
Juan confirma:
Sí, Miguel, es cierto que dan unos higos verdales, negros y pajareros tanto en Torrevieja como en Guardamar. En mi pueblo hay otros, cada día más raros: los de pellejotoro. Son redondos y con una gota de miel en la flor. Extraordinarios unos y otros.
Miguel recuerda:
Juan, al nombrar los zarzos de caña, recuerdo cuando se utilizaban para los gusanos de seda... Recuerdo el fuerte sonido de las orugas devorando las hojas de morera.
Juan exclama:
¡Buenooooo! No toquemos, no toquemos el tema, que nos dan hoy las mil y monas. Mañana hablaremos de los gusanos de seda.
Miguel añade:
El sonido de miles de ellas muy perceptible al oído.
Y se despide:
Buenas noches. Mañana más, como se suele decir.
Juan hace lo propio:
Buenas noches. Somos del mismo paisaje y del mismo paisanaje.
📅 Publicado el 26 de agosto de 2026 · La sección Biodiversidad
Rosa María González · Prompt engineer · Maquetador/Diseñador web
✦ ❧ · · · Gracias a José Ramón, Javier Montesinos, Juan Mora y Miguel por mantener viva la memoria de la huerta · · · ❧ ✦
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